Espacio Público: Espacio de Roce, Espacio para la Política
por José Carvajal
Desde hace varios días venía mascullando esta ponencia, de nombre quizás un poco pretencioso, que tenía que ver con algo en lo que vengo pensando y trabajando desde hace ya un tiempo: la calle es el espacio de la política. También el reino de la discrecionalidad y de los cambios abruptos. Así que ayer, mientras me dirigía a realizar un trámite en la Biblioteca Nacional, lo que implicó (paso a enumerar de manera resumida):
primero, una caminata desde Colinas de Bello Monte, pasando por el bulevar de Sabana Grande, montándome en metro en la estación Plaza Venezuela, bajándome en La Hoyada, subiendo por los caminos de La Candelaria
hacia la avenida Urdaneta, luego buscando hacia el Paseo Anauco hasta subir al Foro Libertador, y luego de hacer el susodicho trámite, bajar hacia los lados de Altagracia, toparme con la avenida Fuerzas Armadas, seguir por la Candelaria Norte, para bajar finalmente hacia La Candelaria por los lados del Hotel Waldorf, justo enfrente de donde se construye uno de los más grandes exabruptos de la ciudad, el nuevo Sambil, para llegar finalmente a Bellas Artes, tomar el metro, bajar en Chacaíto y seguir vía Las Mercedes para, finalmente, volver a mi barrio, el de la parte baja de Colinas de Bello Monte, todo esto, caminando...
casi caigo en la tentación de cambiar mi ponencia por esta deliciosa deriva, a la que no me cansaré nunca de invitarlos. Con o sin aceras en buen estado. Con o sin garantías de sentirnos 100% seguros. Como comprenderán, lo mejor de las religiones –y la calle es la mía–, es ser un fiel practicante y no un simple predicador.
Fue mucho lo que vi y fotografié: lo sólido y lo que fluye, lo que está a punto de caer y lo que se está levantando, lo que quisiera que nunca cambiara, que formara parte de un paisaje patrimonial, y lo que exige a gritos
transformaciones; gente que pasó de largo, o que me acompañó, quizás sin advertirlo, buena parte del trayecto. Esa gran mezcolanza –inclusive con sus pequeñas miserias– es la gran razón de ser de la ciudad, y de nosotros estar en ella: a la vez matrimonio y extrañamiento. El yo sumergido en la multitud del nosotros. Baudelaire retrata mejor que nadie esta idea en su libro El pintor de la vida moderna[1]:
Para el perfecto flaneur, para el observador apasionado, constituye un gozo inmenso elegir morada en el número, en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo y lo infinito. Estar fuera de casa, y sin embargo sentirse en ella en todas partes; ver el mundo, estar en el centro del mundo y permanecer oculto al mundo (...) Así el enamorado de la vida universal entra en la multitud como en un inmenso depósito de electricidad. También se le puede comparar con un espejo tan inmenso como esa multitud; con un caleidoscopio dotado de conciencia, que, en cada uno de sus movimientos, representa la vida múltiple y la gracia inestable de todos los elementos de la vida.
Finalmente opté por apenas traer acá dos imágenes (no fotografiadas)
de ese recorrido, seguidas una de la otra, para luego entrar en el texto que ya había preparado desde la incómoda mesa de comedor de mi casa.
Primera imagen, casi enfrente de la salida más occidental de la estación de Metro Bellas Artes: un señor, pelirrojo y corpulento, no más de 40 años, habla por su celular mientras agita con la mano libre unos papeles a la orilla de la vía. Pasa un motorizado, negro y corpulento. Misma edad. Su hombro tropieza con la mano que se agita. Caen los papeles al piso. El motorizado voltea, pero sigue. El pelirrojo se molesta, y mientras recoge los papeles (sin dejar de hablar por el teléfono) grita: “mono”, lo suficientemente fuerte como para que los que estamos a su lado lo escuchemos, pero lo suficientemente suave como para que el motorizado ni se entere.
Segunda imagen, dentro de la estación Bellas Artes: me dirijo al torniquete, hay mucha gente (son ya las 5 pm). Escucho una especie de maraca que se agita de manera rítmica y una voz que no logro entender qué dice. Entro apretadito en el vagón. En Plaza Venezuela entran muchos más. Un señor mayor hace una pirueta, cual bailarín de danza contemporánea,
entra de frente, da medio giro, se toma del marco de la puerta, empuja suavemente hacia atrás y, ¡zas!, ya está adentro. No hay ruidos en el vagón. Entonces vuelvo a escuchar la maraca, y ahora sí capto lo que dice la voz: “SÍ A LA LECHE, NO A LA REFORMA”. El manifestante se baja en Sabana Grande. Va solo, nadie lo acompaña. Prosigue con su consigna solitaria, como si pensara en voz alta.
En ese trayecto pensé, en voz baja, muchas cosas, pero recupero sólo una antes de proseguir con el otro texto: la vida es política, y la política es ecología. Aislarse, renunciar a la calle, es un acto contra natura.
Hacer aceras amplias y de calidad, para que por ellas se movilicen de manera segura los ciudadanos, es una obligación que muchas autoridades han evadido pero que, por la fuerza contundente de los hechos, ahora debería ser una operación ineludible de escala metropolitana. Y cuando decimos de escala metropolitana nos referimos hasta los lugares más ocultos de Caracas, aquellas zonas que aún están “juntas pero no revueltas” con la ciudad, también excluidas de su representación cartográfica. Obviamente me refiero a los barrios.
A veces, morbosamente, me imagino a todas las autoridades que de una u otra forma meten su mano en este “caldo morado” que es Caracas, o que “despachan” desde sus rincones, tomando la “camionetica” o caminando
todos los días para ir y venir de sus trabajos. Que conste que esto me lo imagino no como un castigo, sino como una forma de que lleguen más temprano a realizar sus faenas, en aras de que la gran máquina urbana no se detenga. Empíricamente he descubierto que la mayoría de las veces se llega más rápido de un sitio a otro caminando, o combinando caminata y transporte público, que montado en el carro particular. Claro, uno se acalora, suda más. Pero el gran beneficio de lo que en apariencia es un sacrificio, es la posibilidad de participar, aunque sea fugazmente, de muchísimas situaciones e interactuar con muchísima gente y espacios de nuestra ciudad.
Cuando regreso de mi ficción, pienso, en tono que casi raya en lo pendenciero: bueno, al menos deberíamos exigir que sus escoltas no les abran paso a las caravanas de grandes y redundantes camionetas para que se calen
la cola, igual que el resto de los mortales. Quizás esto ayudaría a acelerar ciertas decisiones, de emergencia unas, estructurales otras, relacionadas con el transporte público masivo y la disposición de un espacio público que permita transitar la ciudad a pie, de este a oeste, de norte a sur, de día y de noche.
Si bajasen de su burbuja y le metieran literalmente el cuerpo al día a día de la ciudad, ayudaría a su comprensión y a plantear soluciones a sus dificultades para vivirla. Y “vivirla”, en este caso, deberíamos entenderlo como sinónimo de “recorrerla”, “atravesarla”, caro está, con el menor riesgo vital posible. Manuel Delgado Ruiz, antropólogo catalán, plantea en la introducción de su libro Elogio del viandante; del “modelo Barcelona” a la Barcelona real[2] una reflexión que, a pesar de todas las distancias entre Caracas y Barcelona, vale la pena poner de relieve en este escenario: “Hemos vivido determinados políticamente por un conjunto de concepciones que parecen guiadas por un afán al mismo tiempo especulador y espectacularizador, que se desentiende de lo que habría de ser la principal misión de toda administración urbana, que es la de crear, gestionar y mantener en buen estado los escenarios dramatúrgicos para la vida democrática –no por fuerza desconflictivizada– de la

sociedad civil”. Es decir: posibilitar la multiplicidad de encuentros, de roces e intercambios, y “administrar” los conflictos que de estas interacciones –y de los desequilibrios sociales estructurales– se derivan.
Volvamos un poco al principio, a la necesidad de que una deriva a través de la acera –generosa y respetuosa de sus peatones– nos permita llegar caminando hasta el último rincón y el último mirador de la ciudad. Que, por ejemplo, nos lleve de Plaza Venezuela a Parque Carabobo, conectando el bulevar con la plaza, la plaza con el parque y el parque con la avenida, sin obligarnos a caminar por rebuscadas pasarelas aéreas, trasnochado reciclaje de una suerte de “ciudad paralela”; que nos ofrezca puentes para cruzar caminando del Rosal a Las Mercedes, de Bello Monte a Colinas de Bello Monte, de San Agustín del Sur a San Agustín del Norte, de Chuao a La Carlota y de La Carlota al Parque del Este; que nos de la posibilidad a todos de transitar de La Urbina a Palo Verde a través de los barrios de Petare, subir a contemplar el Litoral desde la parte alta de Los Magallanes, o que cualquiera pueda pasear bajo la sombra de los árboles del Country Club sin ser visto como sospechoso...
Pero quiero aclarar algo: el hecho de que las autoridades –insisto en generalizar, aunque sé que hay honrosas excepciones– no contribuyan mucho en esa dirección, la de democratizar –hacer verdaderamente públicos– todos los escenarios urbanos, eso no ha evitado que todos los días cientos de miles de personas se muevan a pie por la ciudad, sea por necesidad o por deseo. Porque, como refiere Manuel Delgado Ruiz, los espacios públicos no lo son por haber sido diseñados para tal fin, sino en tanto que son practicados, usados, apropiados fugazmente por los viandantes. ¿Cuántas plazas y calles amplísimas no terminan siendo un desierto? ¿Cuántos estacionamientos y vestíbulos, que no fueron diseñados para el flujo peatonal, no son un constante ir y venir de gente?
El problema está en que, cuando caminamos Caracas, no lo hacemos a través de una ciudad compacta e
integrada, sino a través de una ciudad fragmentada, llena de bolsas y vacíos. Caminamos, claro, pero la mayor parte del tiempo en una suerte de carrera de obstáculos, y atravesando muchas veces territorios donde alguien –con chapa o sin chapa– se sentirá en su derecho de interrogarnos, de negarnos el acceso, o sencillamente de expulsarnos.
Para pasar a una ciudad más democrática, más integrada, inevitablemente habrá que cambiar algunos de los parámetros con los que la auscultamos e inclusive la vivimos. Silverio González, sociólogo-urbanista, en su libro La ciudad venezolana; una interpretación de su espacio y sentido en la convivencia nacional[3], luego de “empaquetar” ese rosario de lugares comunes de los males de la ciudad (“caos, desorden, crecimiento desmesurado... falta de gobierno, falta de planes”), y partiendo de unas reflexiones de Juan Nuño, nos interroga: “¿Acaso no será que nuestra idea de ciudad es parte del problema?”, para luego conjeturar algo que compartimos plenamente: “La ciudad ideal pasó a despreciar a la ciudad real”.
Cuando la mirada planificadora se planta inamovible en una pura lógica ordenadora, cuando sólo se plantea
hacer más higiénica la ciudad, o más confortable, y en cambio no se plantea problemas de fondo, como el del derecho que todos tenemos a vivir en ella, o el de pechar duramente el uso abusivo del carro particular promoviendo un sistema de transporte público de masivo y de escala metropolitana, pareciera que lo que estamos es perpetuando el orden micro-territorial, las pequeñas aldeas, con o sin caciques, en las que hemos vivido desde hace largas décadas.
El roce al que quiero aludir, como preámbulo para defender la calle como espacio para la política cotidiana, no es sólo el de una acera generosa por la que fluyen, sin demasiada agitación, los habitantes adscritos a algún extremo espacial o social de la ciudad, como una suerte de vitrina cool de intercambio multicultural y

policlasista. Me refiero a que a través de los principales ejes de la ciudad puedan coexistir, como residentes, los que hoy tienen capacidad para hacerlo, y los que no tienen capacidad también. El roce al que aludo, tampoco es al de los foros y tertulias donde por momentos cierta clase media frívola interactúa con los más pobres hablando de la necesidad de rehabilitar viviendas, escaleras y las pocas áreas públicas de los barrios, como si sólo se tratara de un remedio para saldar una vieja deuda social, y no como la necesidad de hacer allí ciudad para todos. Al roce al que invito es al de participar, como un ciudadano más, en la pelea por lo público, no como forma remedial para los que no se pueden granjear sus soluciones privadas de salud, educación, transporte y recreación, sino como parte de una solución que nos compete como sociedad.
Es creando esos espacios mezclados, cruzados, como nos obligaremos a hacer una ciudad más integrada para todos. Serán espacios en los que, más allá de las “grandes decisiones políticas” para el desarrollo y sostenibilidad de la ciudad, nosotros nos veremos involucrados, cotidianamente, a entendernos cara a cara con lo diferente y, mejor aún, con lo desigual. Una política de lo pequeño que transformará nuestra manera de relacionarnos con la ciudad –y a nosotros mismos–, y nos empujará hacia la búsqueda de formas de participación para la planificación de la ciudad, no como una suma de islas, sino como el espacio de todos. Porque una cosa es la diferencia y otra la desigualdad.
El ex-alcalde de Bogotá, Enrique Peñaloza, decía en una conferencia que dio en Caracas, recogida en una publicación del Fondo para la Cultura Urbana, que nadie con dos dedos de frente se opondría a que los pobres viviesen mejor, pero agregaba que el problema no era que viviesen mejor, sino que fuesen iguales. Una sociedad –digamos una ciudad–,

que entiende que perentoriamente debe reducir el abismo social entre unos y otros, ya sea por vocación cristiana o conciencia ecológica, avanza poco si se conforma con que los que tienen menos oportunidades sólo mejoren sus condiciones de vida, mientras se sigue vendiendo el consumismo y la opulencia como improbable fórmula de promoción social, y a la par se sigue reproduciendo el miedo al otro con el discurso de la garita, el guardia privado, la alambrada de púas y el cerco eléctrico. Perdemos una oportunidad de oro si, desde el principio, cuando nos planteamos que se mejoren las condiciones de habitabilidad de los barrios, no nos planteamos que de veras éstos formen parte real de nuestra ciudad, es decir, de nuestros posibles itinerarios.
Estamos viviendo un fuerte retorno al discurso que privilegia lo comunitario por encima de lo societario, porque no supimos hacer de nuestra sociedad un espacio de reconocimiento del nosotros sino el campo de batalla del uno contra todos. Pero sabemos que la razón de ser de la ciudad es, esencialmente, la de la libertad de ser uno entre la multitud, de sabernos amparados por gente que desconocemos –y amparar nosotros a los desconocidos–. Es eso lo que nos permitiría merodear y ocultarnos entre ellos, sin que nadie nos exija nada. Pero el precio es no ser indolentes, ni frívolos.
La vuelta al reducto comunitario parece, en primera instancia, una forma de satisfacer necesidades inmediatas a partir de la solidaridad con el que sabemos igual a nosotros, pero amenaza con el costo de una identidad obligante, de lograr seguridad a cambio de libertad.
Para contrarrestar esa tendencia hay que defender todo lo que rompa esos cercos. Y la calle, como espacio no excluyente, es lo
fundamental. Allí es donde debemos estar. No sólo en manifestaciones políticas, sino cotidianamente. Y no en nuestros habituales dominios, sino en los de otros. El simple gesto de bajarse del pedestal del carro ayudaría mucho, nos obligaría a pensar más en cómo movernos todos, al mismo tiempo –¡que no al unísono!–, por la ciudad. Y que conste que esta frase no la uso sólo como metáfora, sino literalmente: cada vez más el carro es un pedestal, pues cada vez podemos movernos menos en él. No nos sirve como objeto lúdico, como no le sirve a mi hijo jugar con esos carros de colección atrapados a una base de madera. Casi siempre nos lleva tarde a nuestras citas. Pero, lo más crucial, es que nos aleja de lo verdaderamente importante: construir una sociedad
[1] Colección de Arquitectura Nº 30, editado por el Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, Murcia, España, 2000.
[2] Editado en catalán por Edicions de 1984, Barcelona, España, 2005.
[3] Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2005
Fuente: Foro Camino a una Caracas transitable; de la vereda a la parada. Publicado por Ofimel