Culturas Juveniles Urbanas, Culturas Musicales y Conflicto Armado:
Un “Canto” al Callejón
por Nelson Javier Vera Guerrero
Confiamos en que, para entonces, nadie más que el bambuco y el vallenato “tengan permiso de hacer llorar el alma de la nación”. (PNUD 2003: 471)
En este ensayo deseo primero, poner de manifiesto algunas características generales del estado actual de las múltiples violencias en Colombia, y cómo sus dispositivos de terror y violencia están configurando, escindiendo, degradando y/o desubjetivando las posibilidades de construcción de co– relatos (trayectorias individuales e historias colectivas), identidades narrativas, imaginarios locales y de nación en la mayoría de la sociedad colombiana; segundo, trataré la importancia y redefinición de la idea de “cultura” y las “artes” como espacios de “deseos” que permiten nombrar el anhelo de paz, la restauración de la convivencia, reconstrucción de territorio, tejer ciudadanía y espacio público y generar un clima y estado de convivencia no violenta como salida al conflicto.


Este tipo exhaustivo y detallado de situaciones y experiencias de terror -producto del crimen tanto organizado como desorganizado- y de referentes tan contradictorios, no ha dejado más camino a la población civil que reinstalarse bajo nuevos regímenes socio- culturales en sus regiones -en medio de una desconfianza generalizada, o de otra manera, huir hacia otras localidades o a las ciudades principales, enfrentándose a situaciones y suertes impredecibles, que no les permite adaptarse, haciendo corto circuito con sus coordenadas espacio– temporales, y más aún, existenciales. A esto se le suma la conclusión de Víctor Moncayo donde:
(....) se agregan también los efectos producidos en el plano subjetivo por las consecuencias del conflicto armado en las características de la tradicional pareja urbano– rural; la ruptura de la memoria colectiva provocada por la irrupción de nuevas generaciones, la progresiva eliminación del trabajo formal, la desaparición de la cooptación partidista y sindical y el progresivo alejamiento de la intelectualidad de las posiciones crítica. (Moncayo 2004: 376).
Según Pécaut, ha sido imposible –y se hace imperantemente necesario- construir un relato de lo nacional (y por extensión de lo latinoamericano), que vincule una memoria histórica que contenga las experiencias individuales locales y los relatos de los acontecimientos de las múltiples violencias que flagelan el espacio nacional, esto como único lugar para construir imaginarios de futuro que movilice todas las energías para la construcción de país. Según Jesús Martín– Barbero quien recordando a Pécaut alude que:

Según Pécaut y convergiendo con Rotker la imagen de Colombia en la encrucijada de la guerra es “la de un país atrapado entre la retórica vacía y verborréica de los políticos y el silencio de los guerreros”. Este es el silencio de la mayoría de la población, de la sociedad civil, silencio que es signo de la fragmentación, exclusión y de impunidad social, que se refleja en la ausencia de un relato mínimo que dote de sentido los acontecimientos y que permitiera a la vez tejer co- relatos que discrepen, abran brechas, arrojen pistas, imaginen futuros posibles y nuevas formas sociales tolerantes y esperanzadoras frente al “canon”, la “naturalización”, la repetición y la temporalidad “mítica” que reproduce las múltiples y “caleidoscópicas” violencias, las cuales se han seguido nutriendo de la revancha, el espíritu de venganza, los desarraigos, las angustias culturales y los temores cotidianos.
Es en este síntoma del silencio colectivo, en este clima de urgencia, donde cabe el papel importante (tanto subjetivo y objetivo) de la “cultura” y de las “artes”, como espacio de ideales (esperanzas, fantasías, ansiedades) y prácticas relacionales concretas (musicales, verbales, visuales), las retóricas y la instrumentalización, lo estético (simbólico /imaginario) y la praxis comunicativa cotidiana, los deseos y los derechos (Ochoa 2003), los modos de construir el sentido existencial de la (inter) subjetividad y una necesidad de reestructuración y transformación socio– política estructural y de poder público, junto con la justicia y la economía (más allá de lo funcional y lo pragmático). Todos estos ámbitos complejos, permitirían de- construir la historia de exclusiones y transformarla en procesos de inclusión, cohesión social y ámbitos de convivencia en contra de la violencia, donde a la vez se permita la presencia del duelo, el disenso, el conflicto, transformar el sentido mismo de la política, de un nuevo orden de civilidad y restaurar el tejido de la vida y cultura en común. De ahí que la importancia y la profunda complejidad -paradójica y ambivalente- del recurso de la “cultura” (y la gestión artística) en la sociedad, nos remita críticamente a la importancia del campo de las políticas culturales (Ochoa 2003c).
Pero la gestión de políticas culturales no puede depender de un orden exclusivamente buro– tecnocrático de un estado excluyente y autoritario -donde se devela la violencia simbólica de regimenes discursivos-, sino que dé paso a la “escucha” y al “empoderamiento” de las subjetividades colectivas, a los nuevos movimientos socio- culturales, a la sociedad civil y a las propias capacidades de auto- gestión y auto- producción en las localidades. Para el caso artístico, es importante que la creatividad, el sentido estético y la capacidad de experimentación propia de los artistas y de las culturas locales subalternas se deslinde de la institucionalidad oficial (y las lógicas hegemónicas de las industrias culturales), para aprovechar el potencial imaginario, estructurador y/o trasgresor de los ordenes cívicos, sociales y jerárquicos del “estado de excepción” y por lo demás, formar “creativamente” un co- relato histórico más incluyente.

Por demás, como lo refuerza Martín– Barbero, a propósito de la complejidad de la situación pero sin rayar en el solipsismo y más allá de demagogias y panaceas culturales: “.... nuestro país no lo vamos a reconstruir sólo acabando con la violencia: una cosa es acabar con la violencia y otra es tener un país en el que convivamos solidaria y democráticamente” (Martín- 2001)
El arte se convierte en un antídoto para la experiencia del miedo y el terror individual, personal e inter– subjetivo (socialmente construido y culturalmente compartido (Reguillo 2000b)), al convertirse en espacio de representaciones de las vivencias cotidianas y de posibilidades esperanzadoras de futuro; así, el arte además vendría a constituir un lugar de integración socio– cultural en la actividad creativa que mitiga y re- significa esta “configuración emotiva” (Jimeno 2004) del miedo que habita lo cotidiano. Aquí, como lo argumenta Ochoa, es donde a unas ciudadanías del miedo que se encuentran en medio de la cotidianidad desbordada por la violencia generalizada, se oponen muchos focos ciudadanos de supervivencia que median la “esperanza” y la “fantasía” a partir del sentido ético de las artes. De esta manera Ochoa da cuenta del valor existencial- personal de los proyectos que relacionan artes– cultura– paz, a partir del potencial y poder político de lo existencial- individual y del valor ritual social de este tipo de experiencias e intensidades emotivas- creativas, que re- construyen nuevos horizontes de sentido a manera de “reencantamiento” individual y colectivo en las prácticas de la vida cotidiana.
En esta sección del ensayo es donde quiero instalar el papel protagónico de las culturas juveniles urbanas, a las que he preferido llamar “ciudadanías del reencanto”, que se constituyen como figuras de “creatividad” a la vez que de “poder”, y que configuran nuevos espacios simbólicos donde renacen la esperanza en y desde sus referentes de pertenencia y sus sentidos de ciudadanía.

El conflicto violento de la Colombia de hoy día es un enfrentamiento entre jóvenes, puesto que son los que conforman el gran grueso de los contingentes de los ejércitos y las pandillas en pugna. Carlos Mario Perea construye la pregunta acerca de las relaciones entre los vínculos de poder social, la economía– política y la cultura de los jóvenes, y más específicamente se pregunta por el lugar que ocupan la violencia, el conflicto y los niveles de exclusión y desempleo en la construcción de identidades y formas de existencia juvenil urbana. De ahí que su análisis se enfoque en la situación de los jóvenes “no solo como devaneo simbólico sino como empeño en la conquista de un lugar en la lucha social” prestando atención a las relaciones entre instituciones, sujetos y sociedad: “El sujeto (juvenil) no es mera conmoción emocional, sino lazo social urgido por la presencia del otro, de la intimidad y de la universalidad social”. Y culmina: “Sólo por la vía de la exploración del conflicto, la relación y el todo social, los jóvenes serán portadores de una palabra frente a la ética y lo público, esas dos dimensiones necesarias de reconstruir en un país arrastrado por el conflicto y la guerra” (Perea 2000: 323, 342).

Nuevamente, para volver con la importancia de las movilizaciones juveniles contemporáneas es importante destacar su inscripción en deseos y necesidades expresivistas que están presentes en sus discursos y para esto el “arte” es el mejor campo para los jóvenes y sus sensibilidades, que emergen como significados profundos de vida y la necesidad de “reencantamiento” de sus vidas cotidianas. Aunque existe interés y afinidad de los jóvenes con varios campos artísticos, será la “música” la que contará con mayor adopción entre la mayoría de aquellos que son “buscadores de cultura”, perfilándoles bajo la subcategoría de “músicos” (Perea 2000: 324). Según el antropólogo José Fernando Serrano, “la música” y sus territorios culturales son configuradores de “estilos de vida” y de “comunidades emocionales” al enfatizar en la naturaleza de sus “experiencias”. Este tipo de experiencias sugiere según Gemán Muñoz :
(...) un cambio en los modos de comprensión de la relación (casi desconocida) entre estética de la existencia y política que es mucho más compleja de lo que parece (....) Se trata de una esencia de orden creativo y sensible que tiende a emparentarse con la del proceso artístico y que impulsa la auto- creación en las culturas juveniles, la producción de nuevas subjetividades y la búsqueda y generación de otra cosa en los dominios de lo ético, de lo político, de los saberes convertidos en praxis y de lo artístico (Muñoz 2003: 52, 64).
De esta manera encuentro en las culturas juveniles urbanas y su relación con las culturas musicales una categoría necesaria y una mina de posibilidades “estético– ético– políticas” (Ver Muñoz 2003: 266).

Aquí introduzco mi estudio de caso enfocado en la cultura de jóvenes músicos de “Fusión” o “Folclor urbano”, organizaciones conformadas en su mayoría por jóvenes de Bogotá y por otro lado por músicos provenientes de diferentes culturas locales que migran a la capital por circunstancias de violencia y/o de oportunidades económicas. De esta manera en su práctica socializadora se reconstruyen imaginarios y se crean formas simbólicas que representan posibilidades de inclusión de y desde la diversidad socio– cultural y recordando a Reguillo codifican en sus códigos simbólicos la “esperanza” y el “miedo”.
De alguna manera dentro de las mismas agrupaciones musicales en este género y la relación de estas con los públicos, se dá un ámbito de re- conocimientos de múltiples matrices culturales otras, por ejemplo, el encuentro de culturas juveniles urbanas con culturas musicales translocales (rock, pop, rap, electrónica, etc.), y a partir de sus matrices culturales (sensoriums) audio– visuales empiezan a lacerar, entroncar e hibridar con culturas musicales tradicionales (ej. afrocolombianas, campesinas, indígenas, etc.) donde habitan como presentes vivos la memoria, el territorio, la oralidad y el ritmo del cuerpo como lugar de expresión al ritmo de la música. Estas culturas otras han llegado a la ciudad por motivo de migraciones o reterritorializaciones en las ciudades atravezado por un triple movimiento socio- histórico: en el movimiento pendular y co– residencial glocal, es decir entre las relaciones y transversalidades sociales y culturales globales/ nacionales/ locales, mediadas por la “globalización” económica y cultural, y su aparataje mediático e informático.
Como lo ejemplifica Martín– Barbero a propósito del mutuo reconocimiento y el encuentro de sensoriums (en la profunda complicidad entre las formas culturales “residuales” y “emergentes” al decir de Raymond Williams): “El programa que más gustó a ciertos grupos indígenas de Colombia fue un programa sobre Rock hecho por jóvenes ¡de Buenos Aires!” (Martín- 2004b). Este mutuo reconocimiento, tolerancia y lugar de convivencia inter- y transcultural en el ejercicio de la creación artístico– musical, visualiza un ejemplo vivo de inclusión en los jóvenes músicos de “Fusión” o “Folclor urbano”, quienes llevan a cabo una producción experimental de formas musicales no convencionales y heterogeneas que re- actualizan, hibridan, mestizan, integran, negocian y “juegan” con las músicas “folclóricas” regionales y los ritmos populares transnacionales. De otro lado el encuentro no se da solo en las texturas, formas y prácticas musicales y corporales, sino también en el uso discursivo de las líricas, que sirven como dispositivo para representar y construir un co- relato de muchas de las historias cotidianas en la ciudad, ya sea desde sus “desencantamientos” frente a las múltiples formas del conflicto armado, la violencia prosaica, la experiencia cotidiana del miedo y de sus vicisitudes en cualquier esquina; como por otro lado, también el “reencantamiento” estético, afectivo, crítico y politizado de nuevas formas de imaginar un futuro lúdico, incluyente, tolerante y más democrático a partir de las múltiples expresiones culturales y sus múltiples intercambios.

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Fuente: http://www.incertidumbre.org/index.php?option=com_content&task=view&id=45&Itemid=62
