Jefazo

Por Martín Sivak



Juan Evo Morales Ayma fue una sola vez en su vida al cine y lo maravilló el tamaño de la pantalla en la que proyectaban la historia de su admirado Pelé. Su padre, un aimara, solía llorar y hacer llorar a sus hijos al lamentar la pobreza que se encarnizaba con la familia en el Altiplano boliviano. Tres de los siete hermanos de Evo murieron por enfermedades curables.


Luego de un fugaz paso por Jujuy, Evo fue pastor de llamas, panadero y ladrillero, y asegura haber terminado el bachillerato con la ayuda de sus compañeros. Creció con la pasión del fútbol y la defensa de los suyos como gremialista en El Chapare, zona productora de coca, hasta ser elegido primer presidente indígena de Bolivia en 2005 con casi el 54 por ciento de los votos, después de haber dormido en el mercado de Cochabamba por falta de techo -o a la intemperie, en lo que llama su hotel mil estrellas-, de sufrir encarcelamientos y palizas policiales y sobrevivir a decenas de operaciones montadas para acusarlo de narcotraficante, cocainómano, abusador de mujeres adolescentes y corrupto.


A diferencia de la mayoría de los presidentes, su arribo al Palacio Quemado no fue la culminación de una carrera sino el comienzo de otra, la del aprendizaje. Aprender, al año y medio de ejercer la presidencia, en qué consiste el déficit fiscal y el superávit. "Antes yo sabía de coca y ahora sé de hidrocarburos." Y aprender que Cristina Kirchner no aceptaría, como él anhelaba, vestir las típicas polleras coloridas de las bolivianas cuando lo visitara. Jefazo -así llama Evo a quienes aprecia- constituye una apasionante biografía que resulta del raro encuentro entre un personaje y un autor que logra plasmarlo como tal. La honestidad del subtítulo, Retrato íntimo de Evo Morales , advierte que no estamos ante una biografía exhaustiva ni una investigación periodística, porque a poco de empezar Martín Sivak admite su franca afinidad con el presidente del país más pobre de América del Sur, un hombre a cuyo crecimiento político Sivak asiste desde agosto de 1995 y con el que convivió dos años. Y al que tuvo que rechazarle la propuesta de ser su embajador en Buenos Aires.


Sivak, un joven y fogueado periodista y sociólogo con varios libros publicados -la mayoría sobre Bolivia-, no necesita explicar por qué admira a Evo. Lo evidencia el paulatino despliegue del personaje que retrata al narrar los viajes que compartieron por el interior boliviano, África, Europa y el Caribe, al reproducir sus diálogos y recuerdos y poner en escena la enorme voluntad y capacidad de trabajo del boliviano que suplen sus limitaciones. Así, Sivak obtiene una historia propia del genuino realismo mágico, no el literario que tanto mal hizo a la literatura y a Latinoamérica, sino el que nos hiere cuando observamos desde el Río de la Plata, como venidas de otro universo, la pobreza y postergación de Bolivia.


Evo Morales se hizo sindicalista campesino para defender a los sesenta mil minifundistas que subsistían mediante la venta de hojas de coca en El Chapare cuando Estados Unidos procuraba erradicar sus cultivos. "Gringos, erradiquen sus narices", respondían las pintadas. El precio de cuarenta y cinco kilos de hojas de coca, explica Sivak, equivalía al de quince mil naranjas. La lucha de esos campesinos desplazó en importancia a la de los mineros y marcó el ascenso de Evo, quien sostenía en 1991: "Nuestra responsabilidad termina con la venta de la hoja". Un cosechero de coca ganaba 2,51 dólares por día y los dueños de una hectárea, dos mil dólares por año, mientras un kilo de la pasta base se vendía en Japón a ciento veinte mil.


Cuenta el autor que Evo llegó a la política con recelo. Electo diputado, durante un tiempo cometió la ingenuidad de ir al Parlamento a primera hora de los lunes hasta descubrir que -igual que en la Argentina- los legisladores sólo trabajan de martes a jueves.


Desde la presidencia, promulgó la nacionalización de los hidrocarburos, estableció una alianza con Fidel Castro y Hugo Chávez y sus generosos cheques, y quiso refundar el país. Su actividad arranca a las cuatro de la madrugada y termina a la una. Ha convocado al Episcopado a las cinco de la mañana y al gabinete a las seis. En el mismo día, mantiene reuniones de diez horas con centenares de intendentes, habla en actos y juega al fútbol. Voluntarista, quiso subsanar la falta de canales y diarios oficiales con la "información boca a boca", y nunca olvida agradecerle a Pachamama -Madre Tierra- por entregar más gas y más petróleo. Son tantos los conflictos bolivianos patentes y latentes que conformó un Sistema de Alerta Temprana de Conflictos que, apenas despierta, le informa, como el pronóstico del tiempo, el nivel de volatilidad social del día.


Pero también es cierto que, en un país donde la economía informal alcanza el 70 por ciento y la mortalidad infantil, el 54 por mil, Evo radicalizó la división entre el Oriente rico y el Occidente pobre montado en un populismo cada vez más acentuado. Hace pocos días triunfó con el 67 por ciento de los votos en un referéndum de dudosa legalidad.


Pese a su admitida afinidad, la exitosa fórmula de Sivak consiste en narrar desde una primera persona que no califica, no juzga, no carga las tintas y toma distancia para darles voz a los protagonistas y a los hechos. Las dos reediciones de este libro en un par de meses hacen justicia a un trabajo admirable.



Por Jorge Urien Berri de la Redacción de La Nación

 
Libro: Debate/341 páginas


Fiesta en El Chapare


Evo con hoja de coca


Amistoso de fútbol con Maradona


Evo en el Parlamento Europeo


Conferencias en universidades estadounidenses


 

28 de agosto al 3 de sept. 2008, no.8

semanario  cultural  de  caracas

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