¡Dinero a la vista!


Por Jerry Saltz



La pintora Charline Von Heyl describió no hace mucho así la desconexión entre lo personal y lo político de los estadounidenses: "Casi cuanto forma parte del mundo exterior parece un caos, pero nuestra vida interior no es nada caótica". El actual mundo
del arte, anegado por el dinero y el éxito, se encuentra atravesado por una desconexión similar.


Para algunos, el mercado del arte es un movimiento de autoayuda, un vórtice de sueños de consumo privado, una droga corrompida por el dinero y adicta a las imágenes que hace que los consumidores merodeen sin cesar por las capitales del arte en busca del siguiente cambio de paradigma. En busca de un arte que se parezca a las cosas que ya conocen: cualquier cosa que recuerde a Warhol, Richter, Koons, Tuymans, Prince y Wool puede ser buena; cualquier pintor en la treintena puede ser genial. Para otros, el mercado es un animado concurso de popularidad o, como ha dicho David Carr, periodista de The New York Times, acerca de tener un blog propio, es como "un perro labrador: cordial, divertido, no demasiado inteligente, pero que requiere todo el rato nuestra atención".


   1024 Farben, Gerhart Richter


Para muchos, el mercado del arte es una versión colectiva de la escena primaria: un espacio sexuado que ofrece una vislumbre del dormitorio del acto creativo. Los asesores y coleccionistas de arte se comportan ante ferias y subastas como si fueran la Factory de Warhol: lugares en los que exhibir un comportamiento de yonqui a la espera de la explosión del potencial creativo individual.

En este circo global, los megacoleccionistas como Charles Saatchi y Francois Pinault son los P. T. Barnums del mundo del arte: empresarios que han pasado a formar parte de los magnates artísticos y que saben que el mercado es un medio susceptible de ser manipulado.

Hubo un tiempo en que mercado y decorado (a pesar de las juergas, las triquiñuelas y las extravagancias) estuvieron unidos y reflejaban un cambio social, político y sexual.

Hoy el mercado sólo está al servicio de sí mismo. Es la tormenta perfecta del abracadabra, la imagen y la especulación, una combinación de mercado de esclavos, bolsa de valores, discoteca, teatro y burdel donde una creciente casta de miras estrechas lleva a cabo rituales en los que los códigos de consumo y excelencia se manipulan a la vista de todos.

¿Nos vuelve idiotas el mercado del arte? ¿O somos nosotros los que lo idiotizamos? Consideremos la estúpida afirmación de Tobias Meyer, director mundial de arte contemporáneo de Sotheby's, según la cual, "el mejor arte es el más caro porque el mercado es muy inteligente". Es justo al revés. El mercado no es inteligente. Es como una cámara:
tan tonto que se traga cualquier cosa que uno le ponga delante. En esencia, el mercado del arte es un organismo que se autorreproduce y que, cuando identifica la obra de un autor que se vende bien, quiere más obras de ese mismo artista. Aunque todo el mundo dice que el mercado tiene que ver con la calidad, lo cierto es que se limita a asignar valores, fetichiza el deseo, elabora listas de éxito y crea ambiente.

Hoy en día el mercado es también demasiado bueno para ser cierto. Con todo, no dejan de producirse declaraciones despreocupadas. La temporada pasada, Amy Cappellazzo, codirectora internacional de arte contemporáneo y de posguerra, alardeó de que las casas de subastas eran "las grandes superficies que expulsaban del negocio a los vendedores tradicionales". A continuación, lisonjeó a sus clientes: "Cuando ya se tiene una cuarta casa y un Gulfstream G5, ¿qué más se puede tener?" Tras preguntarse uno qué es un Gulfstream G5 (un modelo de avión privado), también puede considerar en qué formas el sobrerecalentado mercado contemporáneo está modificando nuestro modo de ver y pensar el arte.

El mercado es hoy tan dominante que constituye sencillamente una condición, parte del mundo artístico como lo son las galerías y los museos. Incluso si uno no gana dinero - como es el caso de la mayoría de nosotros-, se trata sólo ahí de la propia relación con el mercado. Decir que no se quiere participar en él es como decir que se niega uno a respirar el aire porque está contaminado. El actual mercado alimenta la máquina de la basura, proporciona cobertura a una buena cantidad de comportamiento vacío, nos acelera al tiempo que nos desgasta, produce autocomplacencia y es tan invasivo que obliga a los artistas a considerar de modo muy frecuente las cuestiones de la fama, la posición y el dinero que entra en sus estudios. Sin embargo, también permite a más artistas ganar más dinero sin tener que dedicarse a tiempo completo a trabajos desmoralizadores y nos proporciona a la mayoría lo que Mel Brooks llamó "nuestras absurdas ocupaciones". El pasado año, más de cuatrocientos marchantes neoyorquinos que representaban a más de 5.000 artistas compraron estands en alguna u otra feria de Miami para participar en este mercado. Todo el mundo hace lo que puede. De modo que el hecho de que los críticos demonicen ese mundo en su conjunto como algo falto de ética y de gusto parece farisaico, cínico e hipócrita.


Feria de Arte en Basel, Suecia


Buena parte de la confusión procede de que no hay una nueva y convincente teoría del mercado, ninguna filosofía que aborde los modos en que el creciente frenesí afecta a la producción, la presentación y la recepción del arte. Nada de lo que decimos sobre el mercado tiene sentido, en parte porque el mercado no es verdaderamente un sujeto autónomo. Es una táctica de diversión; en esencia, una mezcla de economía, historia, psicología, escenotecnia y estilo de vida; un ámbito comercial sin regular regido por el deseo, la suerte, la estupidez, la codicia, la inteligencia, la inseguridad y cualquier otra cosa. Sin embargo, no podemos hacer caso omiso de él ni repantigarnos en el sofá y beber nuestro zumo de frutas. Quizá deberíamos plantearnos preguntas como: ¿Nos gustan a veces ciertas cosas porque sabemos que le gustan al mercado o de verdad nos gustan? ¿Hay quien cree de verdad que los cuadros de jóvenes desnudas con gatos del pintor alemán Martin Eder tienen alguna calidad o los compradores se apuntan sin más a la dinámica de compra porque los precios rozan el medio millón de euros? Saber que un cuadro reciente de la neoexpresionista contemporánea Marlene Dumas se ha vendido por más de dos millones de euros, ¿modifica lo que pensamos de su obra? La por otra parte excelente Connie Butler, organizadora de la próxima exposición de Dumas que se celebrará en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, respondió a una de mis recientes rabietas públicas acerca de la sobreestimación de esa artista diciendo "Dumas ha hecho retratos de terroristas", como insinuando que ciertos temas eximen al arte de toda crítica. En realidad, dicho tema no sólo es predecible y genérico - y en ese sentido absolutamente conservador-, sino que es el alimento perfecto para una cultura que desconecta. Es estupendo que las artistas mediocres obtengan hoy por sus obras los mismos precios astronómicos que siempre han obtenido sus colegas de género masculino.
MoMA Opening, Amy Sillman, 2007

Ahora bien, ¿no tendrán nunca posibilidad alguna de llegar a ganar dinero los artistas que no venden por grandes sumas? ¿Están condenados Vito Acconci y Adrian Piper a ser siempre artistas con "estilos de vida de los pobres y famosos"? Si sos artista y tenés más de 35 años, ¿tenés que pegarte un tiro? En esta época de carreras de treinta meses, ¿qué le ha pasado a la idea de la carrera de treinta años? En la década de 1970, el conceptualista Joseph Kosuth dijo: "Las únicas personas que se preocupan por el arte son los artistas". Eso ha cambiado. Ahora bien ¿suscita el mundo del arte un mayor interés a las personas ajenas a él porque se ha vuelto más interesante o porque el arte es una propiedad caliente? ¿Crea el mercado una atmósfera competitiva que empuja a los artistas a producir mejores obras o promueve principalmente productos vacíos? Si no todo el panorama resulta desolador es porque, a pesar de lo profesional e inteligente que pretenda ser, el mercado sigue siendo inherentemente miope, errático e inseguro. En tanto que tal, es al mismo tiempo vulnerable y una fuerza caótica. Como saben casi todos en el mundo del arte, el caos suele ser beneficioso en términos artísticos. Al cabo del día, el arte no deja de tener un interior privado y un exterior público. Todavía emana una otredad alquímica. En nuestros estudios y ante las obras de arte todavía experimentamos momentos auténticos de serenidad, pasión y sentido; son espacios en las lindes del lenguaje que el mercado no puede arrebatar. En este ámbito imperfecto, intuimos la sensación elemental de que a veces, por el mero hecho de hacer o contemplar arte, podemos entrever toda la gama de las posibilidades humanas. El mercado es arte menos otredad. El resto es cháchara.



Fuente: revista ñ


 


Ingrid Bergman como una Monja, Andy Warhol, 1983



Storyboard, Luc Tuymans



François Pinault
Lluvia de Fisher. Colección de François Pinault


Remate de obras de arte


Ballet del Apocalipse de Perret

Feria de Arte de Miami

Feria de Arte de Miami
Arte Aqua de la Feria de Arte de Miami


¿La Moda del Arte o el Arte de la Moda? Tienda de Luis Vuitton con los bolsos diseñados por Takashi Murakami en el Brooklyn Museo de Nueva York.




Richard Prince, Retrospectiva Museo Guggenheim, 2007


Richard Prince, 1989























Muestra en el Guggenheim, al centro Gerhart Richter y al fondo una de sus obras




En el taller de Jeff Koons








 

11 al 17 de septiembre, 2008, no.10

semanario  cultural  de  caracas

corneta