¡Viva Quito!

Luis Manuel Pimentel

Especial desde Quito/Ecuador




Entrando por la puerta del sol


Ya eran como las 11 y 30 de la noche cuando llegábamos al Aeropuerto  Internacional de Quito. En una sala de espera que parece una pecera estaban  atentas muchas personas de algún ser querido, por supuesto que nosotros no éramos.

Luego de pasar rápido por migración, una chica muy atenta nos ofreció un taxi. En la vía pasamos por la Av. América y otras calles y encrucijadas más que desconozco, había ambiente de rumba en la calle, una plaza que está cerca del Seminario estaba prendida de gente y de música. Eran las fiestas patronales de Quito en pleno apogeo. Llegando al hotel que ya habíamos reservado por Internet desde Caracas, estaba llegando otro taxi con un hombre borracho y una chica, les dieron una habitación rápidamente. A nosotros nos dieron un par de vueltas por el hotel hasta que nos vieron la cara de cansancio. El compañero nos dejó en una habitación cerca del Cotopaxi, sin ascensor, en la habitación 50, y  a dormir.



Encontrando espacios andinos


Al otro día era sábado y entrábamos en la recta final de las fiestas. Comimos en la gustosa feria de comida que estaba pasando la Plaza  Alameda y  de allí subimos al Centro Histórico, pero antes fuimos a la Basílica, pagamos dos dólares y llegamos casi al cielo, a conocer a Dios. Uno sube hasta la punta más alta de la torre y ves a la redonda la mágica colonial distribución arquitectónica de la ciudad.

Bajando del cielo, camino a la Plaza Grande la gente se hacía presente en todos los rincones. Niños, señoras, viejitos, adolescentes, transeúntes caminando a lo largo y ancho de las calles. En los rostros de la gente se notaba la expresión de que algo grande
estaba sucediendo. Payasos en las plazas entreteniéndonos, músicos, evangélicos predicando, viejitas vendiendo helados de guanábana con sirop de mora, artesanos, vendedores de periódicos y de chucherías celebrando la grandeza del cumplir un año más de esta ciudad de un frío de 13 grados o menos, mientras todos abrigados con una enigmática elegancia conservadora.

Por la noche, caímos en el desfile de la Avenida Amazona. Miles de personas aposentadas en la orilla de la vía viendo comparsas, bandas de guerras, bailarinas, payasos, músicos, sanqueros, reinas, muñecos… entre trago y trago iban cosechando los ecuatorianos el festejo de aquel pasado hoy hecho presente.

Acabado el desfile, la gente se iba concentrando en los locales de rumba que están por la zona. En la calle Colón entre otras que no les se el nombre estaba por los menos unos 30 sitios donde beber una buena cerveza y bailar la música que estaban poniendo, para todo gusto. Sitios de varios costos y de múltiples colores estaban con los brazos abiertos para dejarnos recuerdos y nosotros dólares.



Despedida de la fiesta


El domingo fue el remate colectivo. La Plaza Grande estuvo full de gente. Recuerdo luego que me comuniqué con mi papá, a La Cejita del Estado Trujillo/Venezuela, haberme parado a escuchar la música andina de unos músicos que venían de Otavalo. Tocaban el ritmo de lo andino, me hizo viajar a Mérida/Venezuela y trasmígralos a la Plaza Bolívar de allá, pero en realidad ellos no estaban allá yo era el que estaba aquí mirándolos en vivo y en su contexto.

De pronto, acabó la canción que estaba sonando cuando había llegado y esperé que viniera la otra rola. Empezaron a cantar y a tocar con sus flautas, violines, guitarra, bajo, y me impresioné que un niño como de 10 años, con una larga crineja, fuera el que tocaban la batería eléctri
ca marcando el ritmo. Nomás de nuevo empezó la música un señor flaco y bigotudo bailaba y le extendió sus hábiles y energéticas manos a una señora de un gran sombrero, que no dudó en aceptar tan amena invitación con un público de más de cincuenta personas que estábamos en círculo. Al cabo de unos segundos otro señor le dio la mano  a otra señora, pero ella lo miró con un poco de desprecio, creo que no sintió bien la mirada colectiva de todos los presente y empezó a bailar con el tipo que estaba pasado de tragos, y al ritmo de un paso para delante y otro para atrás iban componiendo la tradición musical de estos pueblos amerindios.

Recorriendo las adoquinadas calles del centro, en el Museo Cultural Metropolitano hay una fantástica exposición, hasta principios de enero, de un artista de Guayaquil de nombre Jorge Velarde. Me impresionó la autografía que hace, gran artista que muestra otras visiones de cómo se es capaz de tratar el yo creador con el yo social. Burlesco y agresor que va de la mano con lo que perturba su muerte y los cuerpos mutilados.

Cayendo la noche, los turistas, oriundos, las señoras y señores vendedores, iban retirándose poco a poco de donde estaban. Veía desde el Hostal el éxodo de la plaza San Francisco y lo tranquilo que quedaba el piso gris que compone la escena y los pasos de cada uno de los que estuvimos por allí.




¡Viva Quito!, ¡Viva Quito! Iban diciendo las personas por las calles de la ciudad. Desde lejos pero siendo parte de ellos desde muy adentro me decía ¡Viva Quito!, ¡Viva México!, ¡Viva Venezuela!, ¡Viva Chile!, ¡Viva Colombia!, ¡Viva Bolivia! ¡Viva Argentina!, ¡Viva lo vivo! y lo que queda por vivir, viva lo que viva que sí vamos viviendo esta buena vibra de haber estado en Quito, nada malo queda en el vivir.








 

11 al 17 de diciembre, 2008, no.23

corneta

semanario  cultural  de  caracas

http://www.corneta.org/