‘DEUS E O DIABO’ retrata un país sustentado por un pasado histórico violento y dependiente política y económicamente de países extranjeros / L’Alternativa
 

El infierno es demasiado dulce

RETROSPECTIVA DE GLAUBER ROCHA EN BARCELONA


Luis Herrero



Protagonista del cinema novo e impulsor de la ‘estética del hambre’, el cineasta brasileño Glauber Rocha murió joven, en el ostracismo al que le relegó el exilio. El festival de cine independiente L’Alternativa le dedicó una breve retrospectiva.



Polémico y provocador, la retrospectiva sobre el recuperado Glauber Rocha (1939- 1981) exhibió las seis más significativas películas de su filmografía. Influido por el neorrealismo italiano y la nouvelle vague, el brasileño fue un experimentador de lenguajes cinematográficos con tendencia a la vanguardia. En su obra son constantes el misticismo y el folclore, a la par que un gusto por un discurso profético, muy patente en las apariciones del cazador de cangaçeiros Antonio das Mortes.





El personaje, eje sobre el que pivotan Deus e o diabo na terra do sol (1964) y O dragao da maldade contra o santo guerreiro / Antonio das Mortes (1969), ayuda al director a retratar un país sustentado por un pasado histórico violento y dependiente política y económicamente de países extranjeros. Escondidas sobre diatribas, revanchas y quimeras, las películas ofrecen una pugna bíblica entre el bien y el mal en medio de una absoluta violencia estructural en la que el destino se perpetúa entre los ritmos de la música popular afrobrasileña. Después de la más aclamada de sus películas, Rocha escribe en 1964 el manifiesto de la “estética del hambre”, contraria a los dictados formales y económicos de Hollywood y de la carioca productora Vera Cruz, afianzándose como principal ideólogo del nuevo movimiento cinematográfico que está desarrollándose en Brasil, a pesar de la dictadura militar de Castello Branco. El cinema novo brasileño anticipado por Vidas Secas (1963) de Nelson Pereira dos Santos y Os Fuzis (1963) de Ruy Guerra encuentra a un Glauber Rocha en estado de inspiración durante la década de los años ‘60.


Después de la aventura de Terra em transe (1967), Rocha dirige O dragao..., intensificando su reconocimiento internacional al recibir el premio al mejor director en el Festival de Cannes. La maldad, esa suerte de locura polimórfica que sacude a los mortales, crea crueles
filósofos (“el destino de la miseria está en el infierno”, “tengo que encontrar otros enemigos para dar sentido a mi vida”) que pontifican en este western existencial de tintes épicos y vocación incendiaria sobre el telón de fondo de la reforma agraria. Tras O leão das sete cabeças (1969) y la coproducción hispano- brasileña Cabeças cortadas (1970), con Luis Ciges y Paco Rabal en el reparto, Rocha filma una serie de obras menores –Câncer (1972), Historia do Brasil (1974), As armas e o povo (1975) y Claro (1975)– antes de regresar a Brasil, donde en 1977 rueda Jorjamado no cinema (1977) y el polémico cortometraje Di Cavalcanti (1977). Rocha acude cámara en mano al entierro del afamado artista plástico Emiliano Cavalcanti para producir una obra doblemente arriesgada que le granjea la enemistad de la familia del pintor. La provocación artística deviene pura y simple provocación a ojos de aquéllos, querellándose y logrando su prohibición en Brasil hasta la fecha. En los años siguientes la carrera del director se ve abocada, como su persona, al ostracismo, después de una serie de desagradables escándalos protagonizados por un desdibujado Glauber Rocha.

A idade da terra (1981), su última e hipnótica película en vida (en 1985 aparecería una póstuma Historia do Brasil), tiene una acogida fría a pesar de la categoría de “lección de cine” que le otorga su amigo Antonioni. El universo simbólico de su hermética evolución mantiene vivo, con todo, la inquieta búsqueda del movimiento y del color, la convulsión de los primitivos y vanguardistas impulsos de su cine, la experimentación en la transmisión de sensaciones. El brasileño llevó al límite la capacidad expresiva del cine, recorriendo el camino que va de la vanguardia estética hasta el compromiso social, y puso los fundamentos de aquello que se conoció como cinema novo y la estética del hambre. Considerado como uno de los mejores directores brasileños de todos los tiempos, la influencia cinematográfica de Glauber Rocha es fácil de detectar en el nuevo cine brasileño de los Walter Salles (Estación central de Brasil, 1998) o Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, 2002).






fuente: diagonal




Leer un extracto del manifiesto  “Estética del Hambre”  aquí >>


 

corneta

semanario  cultural  de  caracas

15 al 21 de enero, 2009, no.28