Regina José Galindo



Regina José Galindo (Guatemala, 1974) concibe el arte desde la poesía. Aunque no lo hace desde ese intimismo doméstico que lastra a gran parte de la lírica contemporánea, sino a partir de una indagación sociopoética que involucra a todos. Galindo ofrece su cuerpo para transformarlo en arquetipo de un dolor de conciencia, donde inciden lo privado y lo público sin que prevalezca el adentro o el afuera. Ella no necesita contar su historia para articular otras historias.


Siguiendo los pasos de Doris Salcedo, Teresa Margolles o Tania Bruguera, la mujer en la obra de Regina es un accidente
“Piel” Venecia, 2001
 
biológico que se asume sin pretensiones de ser la otra cara del feminismo reconocible. Es decir, no se trata de rechazar un compromiso de identidad genérica, sino de imprimirle una singularidad que lo coloque en el cenit de conflictos tan locales como universales.


Entre el silencio y la palabra transcurren las acciones de esta productora visual que también incursiona en la literatura como género libresco. De hecho, ha publicado un cuaderno de poesía y sus versos forman parte de diversas antologías. Algo destacable de su lirismo es que nunca deja de dialogar con el lector. Solo que frecuentemente los gestos simbólicos neutralizan a la impronta del texto. Por lo que predomina un grito silente listo para que la denuncia circunstancial adquiera el matiz de un cuestionamiento de todas las épocas.



“Quien puede borrar las huellas”

 

“Quién puede borrar las huellas” es un ejemplo donde la protesta callada deviene metáfora de un trauma dispuesto a eternizarse en el imaginario de la frustración política latinoamericana. En este caso, la situación típica de una región configura un absurdo tan delirante como palpable.

“El miércoles 23 de julio de 2003, Galindo realizó una caminata desde la entrada de la Corte de Constitucionalidad hacia el Palacio Nacional con un balde lleno de sangre humana. A cada paso, Galindo remojaba sus pies para luego dejar huellas sobre el pavimento”.


“Quién puede borrar las huellas” reaccionó ante una lamentable maniobra política: la postulación como candidato presidencial del general Efraín Ríos Montt, responsable de las masacres durante la campaña de tierras arrasadas de los años ochenta. A pesar de su carácter local, la pieza tuvo un impacto mediático inesperado. Pero la imagen gozaba de una espectacular sencillez: una joven vestida de negro, con apenas 1.50 m de estatura y algunos kilos de peso conseguía exacerbar el complejo de impotencia latente en protagonistas y observadores.


Ninguno de los guardias que custodiaban la fachada de la Corte de Constitucionalidad le puso un dedo encima a la ejecutante del performance. Los internautas que consumieron las escenas en sus pantallas debieron continuar navegando en busca de imágenes provocadoras de una amnesia reconfortante. Por su parte, Regina José Galindo terminó lavándose los pies manchados de “sangre ajena” y volviendo a casa.


La contundencia de “Quién puede borrar las huellas” residió en ese “no puedo hacer nada”, suficiente para fundir las ansiedades provenientes de todos los confines del planeta. Un gran poeta insular repetía confiado: “Ser local es la mejor manera de ser universal”. Esta pacífica y desafiante travesía de Regina por las calles dormidas de Ciudad Guatemala cumple dicho precepto.



No siempre las acciones de Regina Galindo reflejan la creciente brutalidad del machismo latinoamericano. También suelen fustigar ciertas aberraciones femeninas en asuntos de presunción estética. En una de ellas, la artista permaneció cinco días enyesada de pies a cabeza mientras una enfermera la acompañó y era alimentada mediante sondas. “Yesoterapia” (2002) aludía a la situación de las mujeres que utilizan este procedimiento para reducir sus medidas. En este aspecto, el ritual masoquista no responde a una marginación colectiva sino a una frivolidad íntima. Transformadas en víctimas de su narcisismo, hay mujeres que arriesgan demasiado con el fin de obtener el “visto bueno” de los otros producto de su grata presencia. “Yesoterapia” se apartó del cliché de “la mujer sufrida” para acentuar una debilidad que emana de sí misma.


En otras ocasiones, la debilidad se troca en un reto directo intentando rebasar el discurso de género tradicional. Sin haber recibido ningún tipo de entrenamiento y vestida en ropa de calle, Regina subió al ring para enfrentarse a una luchadora profesional. Sin embargo, la acción no perseguía
legitimar el derecho de las mujeres a fajarse como un par de guapos rivales disputándose el control del barrio o de una esquina. “Lucha” (2002) reflejó esos desafíos irracionales que emprendemos a diario sin la atenuante forzada de sexo, raza o religión. Según reconoce la propia Galindo: “es una metáfora de las luchas constantes de la vida; muchas peleas previamente sabemos que vamos a perderlas, pero hay que pelearlas”. Bajo esta premisa, varias razones quedan relegadas a un segundo plano: ser una mujer latinoamericana, menuda de cuerpo y poeta dispuesta a combatir con alguien cuya única ambición profesional es doblegar el miedo, vencer y cobrar por su triunfo.



Regina José rasuró su cuerpo y caminó desnuda por las calles de Venecia. Vivió tres días en un hospital psiquiátrico con una camisa de fuerza. Se dejó maquillar en una funeraria por una maquilladora de cadáveres. Encerrada en un cubículo, se dio un golpe por cada mujer asesinada
Arriba: Camisa de fuerza, 2006

Abajo: Confesión (tortura waterboarding) 2007

 
en Guatemala entre enero y junio de 2005, amplificando el sonido de los 279 impactos para ser escuchado desde afuera. Se sometió a una himenoplastia (reconstrucción del himen) para recuperar la virginidad. Recibió un baño con una manguera de las que se usan para disolver manifestaciones o bañar a los recién llegados a prisión. Se inscribió con un cuchillo la palabra PERRA en un muslo. Permaneció encadenada con grilletes durante cuatro días realizando sus actividades cotidianas. Leyó sus poemas colgada del Palacio de Correos a diez metros de altura, pues quería representar la voz de las mujeres que se pierden en el viento.


Semejante a Gina Pane, Orlan o Marina Abramovic, la ganadora del León de Oro en la 51 Bienal de Venecia (2005) expone su cuerpo a favor de su arte. Alguien podría esgrimir que no consigue aportar nada al panorama del body art. Otros alegarían la dificultad de traspasar el listón del acccionismo vienés o la escuela californiana del performance. Pero la frescura y agresividad intelectual de Regina Galindo se agradece en tiempos donde los productores visuales devienen icebergs estratégicos, negados a padecer la obra y que hasta desestiman el placer de tocarla.


Gracias a la afirmación del cuerpo como lenguaje plástico, el espectador logra conservar una dosis de calidez en la memoria, pese a que el resultado se deba a un proceso frío. “La calidez visible es mi frialdad oculta”. Eso parece revelar el tránsito de la palabra al acto personificado por Regina José, validando una actitud opuesta a la pose del artista como redentor social. Lo que realmente aporta su obra a la historia del arte corporal es la violencia sin limites (física y psicologica) a la que es sometida latinoamerica por esa estructura de poder, hoy expuesta en un mundo globalizado. Regina José invierte el lenguaje de la practica de los 90 infiltrandose y expresandose al centro del “High Art” global poniendo al día las vivencias y cultura de su region a la vez que lleva más adelante la práctica de la performance.



El aura poética de Galindo permite trascender el marco periférico-feminista que justifica su accionar. En un poema visual recogido en un Catálogo, la página en negro sirve de soporte a un texto en letras blancas: “Para que no recuerdes el día de mi muerte voy a
Isla, 2006
 
suicidarme de noche”. Presto a desaparecer sin hacer ruido, el sujeto que confiesa su “último deseo” pretende marcharse “borrando las huellas” de lo sublime o caótico de su existencia. Sin rasgos biográficos definidos, la voz de la imagen aspira a materializa una fuga perfecta del tiempo y el espacio. El silencio de la idea se torna elocuente a la vez que se diluyen las nociones identitarias en el vacío de los ideologemas. Este verso de Regina José se enfrenta con éxito al grueso de sus acciones, empeñadas en testimoniar cualquier tipo de humillación o crimen contra los atascados de la historia.



Para que no recuerdes el día de mi muerte

voy a suicidarme de noche



Así también la artista muta de la poesía a lo escatológico sin que la crítica social sea harto evidente. En uno de esos momentos, la documentación fotográfica capta a la performer desnuda e inmóvil sobre un arrecife formando un charco alrededor de sus propios orines. Como sugiere su título, “Isla” (2006) es una alegoría acerca de los seres que se debaten entre la soledad y el aislamiento. Pero más que eso, ilustra una tentación humana universal: preferir la suerte de podrirnos a solas con nuestras carencias antes que compartir sin vergüenza la sabiduría que puede otorgar una pobreza irradiante. Dicha sensación de universalidad rescata otra certeza solapada: la falsedad que se esconde tras el ilusionismo emancipatorio de las utopías.


A propósito de “Los endemoniados”, Fiodor Dostoievski afirmaba: “Que sea un panfleto, pero voy a pronunciarme”. La propuesta contestataria de Regina José Galindo emula la consigna del célebre novelista ruso. Ahora, cuando sus panfletos feministas tienen una carga poética que los supera, sobreviven las ficciones para salvarla como mujer y artista. En este sentido, cobra vigencia una intuición de Jean Baudrillard: “lo que se puede hacer es buscar en el lenguaje, en los gestos, en los elementos, lo que opone resistencia a esa especie de objetivación total de las cosas”. Solo así la muerte como simulacro se vuelve metáfora global de muertes parciales o definitivas.


  

Limpieza Social, 2006                                                                     Perra, 2005

 


Entre la poesía y la política oscila la carrera y la obra de una joven que continúa abriéndose paso en el circuito élite del arte contemporáneo. Sería una ganancia para el arte hecho desde Latinoamérica que se imponga una visión poética de los conflictos que azotan a nuestro continente. De esta manera, el acierto de revitalizar el body art sin alterar su esencia transgresora tendría una resonancia aún mayor.




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Tomado de: Héctor A Castillo / Réplica21 / Este País / ArtBus / PostComumicación  


 

semanario  cultural  de  caracas

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19 al 25 de marzo, 2009, no.37