Regina José Galindo

Regina José Galindo (Guatemala, 1974) concibe el arte desde la poesía. Aunque no lo hace desde ese intimismo doméstico que lastra a gran parte de la lírica contemporánea, sino a partir de una indagación sociopoética que involucra a todos. Galindo ofrece su cuerpo para transformarlo en arquetipo de un dolor de conciencia, donde inciden lo privado y lo público sin que prevalezca el adentro o el afuera. Ella no necesita contar su historia para articular otras historias.

Entre el silencio y la palabra transcurren las acciones de esta productora visual que también incursiona en la literatura como género libresco. De hecho, ha publicado un cuaderno de poesía y sus versos forman parte de diversas antologías. Algo destacable de su lirismo es que nunca deja de dialogar con el lector. Solo que frecuentemente los gestos simbólicos neutralizan a la impronta del texto. Por lo que predomina un grito silente listo para que la denuncia circunstancial adquiera el matiz de un cuestionamiento de todas las épocas.

“Quien puede borrar las huellas”
“Quién puede borrar las huellas” es un ejemplo donde la protesta callada deviene metáfora de un trauma dispuesto a eternizarse en el imaginario de la frustración política latinoamericana. En este caso, la situación típica de una región configura un absurdo tan delirante como palpable.
“El miércoles 23 de julio de 2003, Galindo realizó una caminata desde la entrada de la Corte de Constitucionalidad hacia el Palacio Nacional con un balde lleno de sangre humana. A cada paso, Galindo remojaba sus pies para luego dejar huellas sobre el pavimento”.
“Quién puede borrar las huellas” reaccionó ante una lamentable maniobra política: la postulación como candidato presidencial del general Efraín Ríos Montt, responsable de las masacres durante la campaña de tierras arrasadas de los años ochenta. A pesar de su carácter local, la pieza tuvo un impacto mediático inesperado. Pero la imagen gozaba de una espectacular sencillez: una joven vestida de negro, con apenas 1.50 m de estatura y algunos kilos de peso conseguía exacerbar el complejo de impotencia latente en protagonistas y observadores.
Ninguno de los guardias que custodiaban la fachada de la Corte de Constitucionalidad le puso un dedo encima a la ejecutante del performance. Los internautas que consumieron las escenas en sus pantallas debieron continuar navegando en busca de imágenes provocadoras de una amnesia reconfortante. Por su parte, Regina José Galindo terminó lavándose los pies manchados de “sangre ajena” y volviendo a casa.
La contundencia de “Quién puede borrar las huellas” residió en ese “no puedo hacer nada”, suficiente para fundir las ansiedades provenientes de todos los confines del planeta. Un gran poeta insular repetía confiado: “Ser local es la mejor manera de ser universal”. Esta pacífica y desafiante travesía de Regina por las calles dormidas de Ciudad Guatemala cumple dicho precepto.


Abajo: Confesión (tortura waterboarding) 2007
Semejante a Gina Pane, Orlan o Marina Abramovic, la ganadora del León de Oro en la 51 Bienal de Venecia (2005) expone su cuerpo a favor de su arte. Alguien podría esgrimir que no consigue aportar nada al panorama del body art. Otros alegarían la dificultad de traspasar el listón del acccionismo vienés o la escuela californiana del performance. Pero la frescura y agresividad intelectual de Regina Galindo se agradece en tiempos donde los productores visuales devienen icebergs estratégicos, negados a padecer la obra y que hasta desestiman el placer de tocarla.
Gracias a la afirmación del cuerpo como lenguaje plástico, el espectador logra conservar una dosis de calidez en la memoria, pese a que el resultado se deba a un proceso frío. “La calidez visible es mi frialdad oculta”. Eso parece revelar el tránsito de la palabra al acto personificado por Regina José, validando una actitud opuesta a la pose del artista como redentor social. Lo que realmente aporta su obra a la historia del arte corporal es la violencia sin limites (física y psicologica) a la que es sometida latinoamerica por esa estructura de poder, hoy expuesta en un mundo globalizado. Regina José invierte el lenguaje de la practica de los 90 infiltrandose y expresandose al centro del “High Art” global poniendo al día las vivencias y cultura de su region a la vez que lleva más adelante la práctica de la performance.

Para que no recuerdes el día de mi muerte
voy a suicidarme de noche
Así también la artista muta de la poesía a lo escatológico sin que la crítica social sea harto evidente. En uno de esos momentos, la documentación fotográfica capta a la performer desnuda e inmóvil sobre un arrecife formando un charco alrededor de sus propios orines. Como sugiere su título, “Isla” (2006) es una alegoría acerca de los seres que se debaten entre la soledad y el aislamiento. Pero más que eso, ilustra una tentación humana universal: preferir la suerte de podrirnos a solas con nuestras carencias antes que compartir sin vergüenza la sabiduría que puede otorgar una pobreza irradiante. Dicha sensación de universalidad rescata otra certeza solapada: la falsedad que se esconde tras el ilusionismo emancipatorio de las utopías.
A propósito de “Los endemoniados”, Fiodor Dostoievski afirmaba: “Que sea un panfleto, pero voy a pronunciarme”. La propuesta contestataria de Regina José Galindo emula la consigna del célebre novelista ruso. Ahora, cuando sus panfletos feministas tienen una carga poética que los supera, sobreviven las ficciones para salvarla como mujer y artista. En este sentido, cobra vigencia una intuición de Jean Baudrillard: “lo que se puede hacer es buscar en el lenguaje, en los gestos, en los elementos, lo que opone resistencia a esa especie de objetivación total de las cosas”. Solo así la muerte como simulacro se vuelve metáfora global de muertes parciales o definitivas.


Limpieza Social, 2006 Perra, 2005
Entre la poesía y la política oscila la carrera y la obra de una joven que continúa abriéndose paso en el circuito élite del arte contemporáneo. Sería una ganancia para el arte hecho desde Latinoamérica que se imponga una visión poética de los conflictos que azotan a nuestro continente. De esta manera, el acierto de revitalizar el body art sin alterar su esencia transgresora tendría una resonancia aún mayor.
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Tomado de: Héctor A Castillo / Réplica21 / Este País / ArtBus / PostComumicación


