La eternidad es la más inhumana de las ideas imposibles



Todos, de manera innata, perseguimos la eternidad. Pobres criaturas los hombres, decía San Agustín, enfermos de inmortalidad. Pero no es lo mismo, hablo de esa ilusoria compulsión que nos lleva a desear casi obsesivamente la eternidad, sus laberintos, su falacia, su infinitud.


Queremos ser eternos, vivir la eternidad. Nada más incompatible con los cuerpos que la eternidad. La carne es un transcurso, no sólo una percepción. La eternidad, podríamos afirmar, es la más inhumana de las ideas imposibles, prevalece en nosotros y es materia acaso de otras ideas complejas como libertad y amor, pero la eternidad es la más difícil...

Stefanía Mosca




Stefanía Mosca, después de una larga batalla contra un cáncer pulmonar, falleció a los 52 años el 24 de marzo 2009 en la clínica La Floresta de Caracas.




Hija de inmigrantes italianos, vivió una vida modesta y de arduo trabajo. Comentó en una oportunidad: “Yo vivo de escribir los marcos teóricos para mis amigos, de algún evento por el que me pagan Bs. 1 millón 500 mil y lo estiro durante 3 meses” Cuenta que su hija de 13 años de a ratos le preguntaba por qué si trabaja todo el día nunca tiene dinero. Decía que “aquí nos acostumbramos a que los artistas viven como pueden, y nosotros también nos habituamos a eso”. (2)


Seguido, transcribimos su última crónica que escribió ocho días antes de fallecer. (1)



SEGUROS

Llevo horas esperando la clave del seguro para salir de la clínica. Afuera en emergencias, en cambio, esperan la clave para entrar. También esperé lo mío, pero no tanto como hoy, que me han dado de alta y, como imaginarán, lo único que deseo es marcharme, disfrutar de mi salud, ver el cielo abierto y olvidar la enfermedad; y si es posible, salir sobre mis propios pies. Pulso el botón de la enfermería.


­Por favor, si pueden venir a retirarme la vía.


Es decir, un catéter que lleva una semana adherido a mi brazo, recibiendo ­exitosamente, eso sí­ el tratamiento. Antibióticos, hidratación y otra categoría de medicamentos intravenosos de los cuales, como pueden suponer, no tengo ni idea. La clínica está full; sin embargo, no puedo entregar la habitación.


El seguro no ha aprobado aún mi cuenta. ¿La aprobará? Espero que el terror no desmejore mi condición.


­Enfermera, por favor, tengo inflamado el brazo y ya no necesito el suero, mucho menos el calmante. Son las dos de la tarde y me dieron de alta esta mañana a las nueve.


­¿Tiene la tarjeta amarilla? ¿Tarjeta amarilla? ¿La de URD? De qué hablaba, lo ignoro. Más bien lo ignoraba, lo supe y lo diré a su tiempo. Volvamos a esta historia cómica, que forma parte de la tragedia de los venezolanos afiliados con esperanza a las tan renombradas pólizas de seguros médicos.


La vía seguía funcionando.


Por ella fluía lentamente una gota de suero que justificaba su funcionamiento. Pasan otra dos horas y mis amigos ya estaban con tortícolis, sentados sobre la maletita de ruedas, la silla o el escaso sofá.


­Enfermera, por favor.


­Ya vamos...


Y no vienen. Me parecía raro que la diligencia que mostró el equipo de enfermeras hasta ayer y durante los días y noches de mi hospitalización se tornara en indolencia, justamente ahora que me dieron de alta.


Pasaban las horas y en admisión no recibían respuesta del seguro. Faltaba un papel, un informe. Faltaba personal administrativo. ¿Quién sabe? Seguía en la habitación, presa, atada mi vía, hasta que llegara la tarjeta amarilla que validaba mi salida.


­Pero ­le juré a la enfermera­ yo no voy a irme. Quíteme la vía.


­Es imposible, son normas de la clínica y, aunque no lo crea, se han escapado varios pacientes.


­¿Sin pagar? "Qué bueno", pensé dentro de mí, "hay personas con suerte".


El sistema del dinero, su cultura, nos tiene metidos en estas y otras pesadillas tragicómicas; como ver las inclementes subastas que se adelantan en Estados Unidos de las casas que fueron expropiadas por no
pagar sus propietarios las hipotecas blandas que la banca les había facilitado. Sin casa, sin su hogar feliz tan feliz, los antiguos dueños ven sus propiedades subastadas, compradas por los inversores a menos precio del que pagaron en la inicial. Los especuladores, nuevamente reyes de la lógica capitalista, sin escrúpulos, propinan la crueldad globalmente.


Entre nosotros, nuestras élites, inconscientes, sumisas, pitiyanquis, juegan al mismo juego: especulan, acaparan, nos dejan sin arroz, sin papel higiénico, sin medicinas, sin lo que sea, sin pensar por un momento que su país enfrenta, como el mundo entero, el desmoronamiento, la catástrofe del sistema financiero. Arriesgan nuestras vidas. Hacen sus negocios. Nos ponen a la intemperie. Nos hacen miserables, sospechosos. Nos quitan la esperanza de poder construir otro modelo, otra realidad.


Mientras que yo, víctima de la ley de probabilidades de las pólizas de seguro y el inhumano ejercicio de la medicina, sigo en mi espera y ya, de verdad, no aguanto el brazo.


Por: Stefanía Mosca




Stefanía Mosca


Mujer elocuente de brillante lucidez, que supo lidiar con las palabras, darles un sentido preciso y cargarlas de emoción. Muy joven partió de nuestro universo pero supo dejarnos una obra amplia y coherente.


Ensayista, narradora y cronista, supo ganar su posición y visibilidad en la literatura contemporánea venezolana.

Haber gozado de la admiración de sus amigos narradores, llegó a decir en una de sus entrevistas, era uno de los mejores premios recibidos.


Stefanía Mosca fue la figura homenajeada en noviembre pasado en la Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN).

Su último título Mi pequeño mundo, una parodia sobre la corrupción del poder, fue editado por El perro y la rana, y fue el segundo libro más vendido en la Feria del Libro.





Extracto de una entrevista en Encontrarte en ocasión de la feria del libro FILVEN (5)

 


¿Cree que los venezolanos están más motivados por la lectura con estas nuevas iniciativas de promoción del libro?, como la apertura de nuevas casas editoriales, una mayor distribución, las ferias...

Pareciera que sí. Yo quisiera que los cambios fueran más hacia el contenido, creo que nos falta la promoción del sentido de los libros que editamos. ¿Por qué editamos La gente pájaro de Wilfredo Machado, porque Wilfredo es chévere? Sí, Wilfredo es chévere pero La gente pájaro significa algo. Entonces tenemos que empezar a recuperar el sentido de las palabras, creo que nos falta eso. Nunca como ahora había visto a tanta gente optar por el libro como un gasto necesario. En la feria vi colas de cincuenta personas para comprar un libro.

 

El hecho de que los creadores y artistas literarios hayan sobrevivido en Venezuela ha sido cuestión de milagros…

Mira, en los milagros yo nunca he creído. Un escritor es un ser muy incompleto que tiene aquella patología de verse fuera del mundo y para más colmo tiene que vivir. Yo toda la vida he tenido que trabajar, tuve que criar una hija. Es una situación difícil, los escritores somos periféricos. El escritor más tonto en Estados Unidos hace un tiraje de cien mil ejemplares y eso es un fracaso terrible. Pero un dólar por cien mil, por lo menos compraste un año de comida, seguro. Ese diez por ciento que gana un escritor sobre un trabajo que a veces cuesta años, en nuestro país es mucho más limitado y más en el circuito latinoamericano. Tenemos cuatrocientos millones de hablantes de lengua española, es decir, tenemos una joya como para publicar cualquier cosa y que sea un hecho más o menos notable, pero no tenemos un circuito continental. Viajar a Argentina cuesta más caro que ir a Europa.


¿Qué papel está jugando la mujer venezolana actualmente dentro de la producción de conocimientos, en la producción literaria, intelectual, crítica, periodística?

Bueno, yo pienso que si hay alguien que tiene el poder de desvestir el simulacro es la mujer. El cuerpo mismo de la mujer está allanado. Creo que esto es una dolencia de la época, del narcisismo epocal como decía Castañón, pero en la mujer hay una necesidad de recuperar ese cuerpo que se traduce en la banalidad de que todas las mujeres son sexys y andan haciendo casi strippers por las calles. Pero ese no es el problema, la fantasía nunca ha sido nuestro problema. El problema es lo real, cómo funcionamos dentro de esta realidad.

 

Sí, hay mucha banalización del cuerpo y eso nos autoinvisibiliza, creo.

Tal cual, opino lo mismo. Y desde esa perspectiva pones en duda la realidad porque si ésta que veo en el espejo está afuera pero no tengo ni idea de la que existe adentro entonces lo real también se pone en duda. Creo que la mujer en este momento debe cuidar valores no sólo como la honestidad, la entrega, que son intrínsecos del hecho de crear vida y que evidentemente pueden ser compartidos por cualquier hombre, pero creo que la mujer debe enfocarse en cuestionar no sólo lo que viene de afuera, que también es importante, sino también lo que proviene del centro. El ojo crítico de una mujer es muy valioso, es otra sensibilidad de la realidad. Lo que pasa es que este es un país de desoídos como decía Armando Acosta Bello, pero aquí ha habido mujeres muy arriesgadas, claro casi siempre confinadas, consiguen la realización de su obra en el confinamiento. Imagínate, Elsa Gramko en los años setenta hacía unos objetos que eran ventanas, todas cerradas, es decir, ahí hay un cuestionamiento del afuera enorme. Es el pánico que crean las mediaciones. No puede ser que la calle sea un enigma si es que en la calle están tus congéneres. El afuera es un enigma, estamos un poquito locos todos.
 

Bueno, en su última novela El circo de Ferdinand, se asoma un poco la dramaturgia de su pluma, es una novela muy escénica…

Sí, es mostrar el mundo como espectáculo. En vez de estar sentado viendo el espectáculo esta vez el poder es el espectáculo. Un poco lo que acabamos de ver con Obama. Esa fue una campaña política perfecta, él mismo lo dijo. Entonces esta sociedad del espectáculo donde estamos metidos fue un poco lo que quise criticar.

 

¿Por qué elige el humor –a veces negro- y el sarcasmo como una forma de llegar a la crítica?

Sí, casi lo sórdido… porque es una necesidad de romper con este mundo edulcorado que nos quiere vender pañales Mami y jamón de pierna Plumrose y aparece aquella niña bellísima y te dicen ‘Compre jamón de pierna Plumrose’. Es decir, eso me parece una crueldad infinita, le hacen eso a mi perro y me pongo muy brava; es como querer vender perros calientes y que te pongan una foto del perro. Es una manera que busca justamente denunciar y allí nuestras élites son objetos de burla. No puede ser que se reúnan cuatro personas que tienen acceso a la más alta calidad de vida para aplaudir que están bajando el precio del petróleo, las élites latinoamericanas son de verdad lamentables y dignas de risa porque además son muy ignorantes. Son patéticas.

 

Coménteme acerca de los signos que siempre busca introducir en su obra, o los valores, digamos, ético-morales, los principios de vida que le interesa que se vean reflejados.

Yo creo que la literatura que quiere dar un mensaje puede ser retahíla. Todo ese realismo del siglo XIX de elaborar una tesis puede matarlo a uno. Sin embargo, como tú dices y como dice Harold Bloom, toda buena literatura es sentenciosa. Yo creo que hay en mí una gran necesidad de recuperar la libertad, los vínculos con lo real, de entender la humanidad como un juego bello de identidades y la necesidad de amar, recuperar el amor, el amor fuera de las tarjetas de crédito y de tanta banalidad que se vuelve una forma cruel de vivir los sentimientos.

 

Cuando habla de mostrar el mundo real a qué se refiere, porque ¿qué es lo real?

Exactamente, esa es la gran pregunta. Volver a vincularnos con lo real ese es el gran desafío. Yo no sé muy bien qué es lo real, yo también estoy metida en el simulacro del simulacro, yo no estoy salvada, nadie está salvado, pero creo que la humanidad quiere eso. Cuando ves lo que está sucediendo en el mundo hoy en día donde las masas oprimidas ya no se callan ante ese sistema que nos vende papas fritas todo el día, allí es evidente que hay otra necesidad, es la necesidad de recuperar sus dioses, sus lenguas, su música, sus colores, sus sabores, su identidad.

No estamos integrados con la naturaleza así que lo real siempre va a ser una elaboración, pero de nosotros depende que sea al menos una elaboración más amable, que no nos haga víctimas de los objetos. Porque nuestro deseo ya no es un deseo por el otro sino un deseo de la cosa. Me parece cruel que ese sea el destino que tenemos: o consumimos o no existimos.


 

 


Stefanía Mosca

Estudió Letras en la Universidad Central de Venezuela. Fue becada para realizar estudios de postgrado en la Fundación de Estudios Internacionales Ortega y Gasset y el Instituto de Cooperación Iberoamericana en Toledo, España, con Fernando Rodríguez La Fuente y Joaquín Rubio. Es magíster en Literatura Latinoamericana egresada de la Universidad Simón Bolívar. Ha escrito para los principales periódicos del país, igualmente, ha publicado sus artículos en El Espectador de Colombia, y La Jornada y El Universal de México, así como en las Revistas Quimera, INTI y Gatopardo, entre otras. Aborda géneros como el ensayo, la crónica, el cuento y la novela. A través de su pluma cuestiona el mundo real y se interroga a sí misma acerca del sentido de la vida. Nos muestra la realidad como un espectáculo, juega con el humor negro, el sarcasmo y expone el mundo como una parodia de la que nadie está exento. Fue asistente de producción en la editorial Monte Ávila y de la Academia Nacional de la Historia. Fungió como directora de Desarrollo de Colecciones de la Biblioteca Nacional, asesora de ediciones de la Fundación Esta Tierra de Gracia, miembro de la junta directiva del CELARG, representante del área de narrativa en la Casa de Bello, presidenta de la Fundación Biblioteca Ayacucho y Ministro Consejero de la Misión Permanente de Venezuela ante la Organización de Estados Americanos, OEA.


Obras publicadas: Jorge Luis Borges: Utopía y Realidad (1984); La memoria y el olvido (1986); Seres Cotidianos (1990); La última cena (1991); Banales (1993); Mi Pequeño Mundo (1996); El Suplicio de los Tiempos (2000-Ensayo); Cuadernillo No. 69 (2001); Maternidad (2004); Mediáticos (2007); El Circo de Ferdinand (2007). Ha recibido Las Llaves de la Ciudad de Providence como escritora invitada a la Feria del Libro (1996) Rhode Island, EEUU; Mención publicación del Premio Internacional de Novela Miguel Otero Silva de la editorial Planeta (1996) y el Premio Municipal de Literatura en 1997 por su obra Mi pequeño mundo. Homenajeada en la reciente Feria Internacional del Libro en nuestro país.
















El circo de Ferdinand (Monte Ávila Ediciones), de muy reciente publicación, trazó una espiral en el desarrollo de su carrera literaria. En sus páginas da rienda suelta a un barroquismo peculiar, que hereda la tradición de esa vertiente en las letras
hispanoamericanas hasta proyectarse en un marco propio. Los editores lo presentan como "un lienzo divertido y cruel, un software barroco poblado de artistas, enanos, sabios y alquimistas, arqueras, fornicadores, narcotraficantes y políticos, la hiper y el sub de la realidad y el desarrollo". Pero es algo más: una penetrante demostración del ingenio de la palabra en función de una metáfora social de urgente comunicación.


Mediáticos
(Ed. Arte y Literatura) apunta más a la intimidad, como si la dimensión concentrada de estas viñetas se correspondiera con el valor de los sentimientos que la autora expresa. Es una escritura femenina, no feminista; una reivindicación de la mujer que se desmarca de los habituales tópicos de la guerra de los géneros.


Para que se tenga una idea de la intensidad que Stefanía ha puesto en estas narraciones, nada mejor que ofrecer a los lectores una muestra, la que cierra el libro:


SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

Ella es joven, tiene el pelo negro, ondulado y está de espaldas frente a mí. En el balcón de la torre A. Sentada. La baranda del balcón me impide ver casi tres cuartas partes de su cuerpo. Nunca sabré, por ejemplo, cómo son sus pies. O si tiene heridas las rodillas. El movimiento coordinado de sus brazos supone el de sus manos sobre un teclado, pero también podría amasar o tejer o rezar el rosario o ejecutar una silente marimba. Está cerca, pero lo suficientemente lejos para no escuchar mi voz si osara ensayar un nombre, uno que le perteneciera, Laura, Marianne u Ofelia.


Si tuviera e-mail seguramente sería más importante. Existiría de alguna manera. Pero aquí estoy, mudo mi alrededor en el estupor de ver que no soy vista, como suelo presentir, desde todos los rincones de la casa. Y las cortinas nunca terminan de estar bien cerradas. Y ¡ah! Volteo y es de noche. Las luces de la sala están encendidas y las persianas abiertas. Me vería todo el mundo. Y justo en el instante en que simuladamente escrutaba mi entorno, descubrí, en el balcón de al lado, en frente, en la torre A, con una franela amarilla, a una mujer de espaldas. Seguía el movimiento de sus brazos y su cabeza concentrada en un centro. No veía el monitor, pero ya no me cabía duda. Escribía. Qué risa. Todos escribimos. Queremos salvarnos, crear nuestras propias imágenes. Perpetuarnos. (3)




“Es recurrente en la mujer que escribe enfrentar el mundo que la oprime, desafiar la hoguera que la amenaza” (4)


Fuentes: (1) aporrea / cadena global / (2) últimas noticias / (3) gramma / (4) k-minos / (5) encontrarte 

 

2 al 8 de abril, 2009, no.39

semanario  cultural  de  caracas

corneta