9 al 15 de abril, 2009, no.40
9 al 15 de abril, 2009, no.40
semanario cultural de caracas
corneta

Entrevista con Takeshi Kitano
Cine actual del Japón
Por: Luciano Monteagudo
Takeshi Kitano, gran representante del cine contemporáneo japonés, en esta entrevista realizada por Página 12, nos comenta sobre su último film Aquiles y la tortuga y la relación con sus dos últimas películas. Una trilogía que de alguna manera se refiere al artista frustrado. Parecería que Kitano ha entrado a una zona de autocrítica y de reflexión interior acerca de sus distintas facetas: como showman cómico, como cineasta y también como pintor.
No puede decirse que Aquiles y la tortuga sea precisamente un autorretrato, pero la nueva película de Kitano es evidentemente autorreferencial, como lo eran también sus dos films anteriores, Takeshi’s (2005) y Glory to the Filmmaker (2007). Este nuevo aporte vendría a conformar entonces una suerte de trilogía sobre el fracaso del artista. Porque de una u otra manera, las tres tienen que ver con la frustración y la impotencia de alcanzar aquello que –como la tortuga a la que Aquiles en su carrera nunca llega a igualar– es tan inasible como el arte.


Página/12 tuvo oportunidad de conversar largamente con Kitano en el Festival de Tesalónica, Grecia, en noviembre pasado. Rodeado por su productor de siempre, Masuyuki Mori, y por un traductor que es como su segundo yo, que lo sigue a sol y a sombra por todo el mundo y que parece conocer su obra tanto como si fuera él mismo, Kitano se toma su tiempo para responder y, cuando finalmente, lo hace suele dar un rodeo, apelar a un ejemplo o metáfora, con la que ilustra su pensamiento. Lo que sigue es parte de esa charla.
–¿Sería apropiado decir que sus últimas tres películas son autobiográficas?


–Mirando hacia atrás, creo que lo que pasó es que Zatoichi fue mi primer éxito comercial en el mercado japonés. Fue un éxito enorme. Entonces me dije a mí mismo: “Bueno, ahora que hice este súper éxito es un excelente momento para hacer cualquier película que yo quiera, porque no va a haber ninguna otra oportunidad en mi carrera en la que pueda ser más extremo, probar mis límites”. Por eso hice estas tres películas, tan diferentes entre sí, pero sobre todo muy diferentes de toda mi obra previa. Con las dos primeras tengo que confesar que me quedé sin aliento, porque fueron dos películas muy arduas de hacer, que me exigieron mucho en lo personal. La tercera, en cambio, la sobrellevé mejor, es una película más tradicional en algún sentido.
–En Glory to the Filmmaker el director trata de filmar en distintos estilos, entre ellos el de Yasujiro Ozu, un cineasta muy alejado de su cine. Y en Achilles and the Tortoise el protagonista intenta pintar primero como Picasso, y después como Miró y como Jackson Pollock.
¿Es tan difícil para un artista encontrar su propia voz?
–La imitación en el arte es todo un tema. Una vez, hace mucho tiempo, vi una película, Mondo Cane (n.d.r.: de los italianos Paolo Cavara y Gualtiero Jacopetti, realizada en 1962). Y me impresionó mucho una escena: un nativo de Papua Nueva Guinea ve por primera vez sobre su cabeza volar un avión. Y decide imitar lo que acaba de ver con unas cañas de bambú y un poco de paja. Lo que construye apenas si se parece al avión, pero a sus ojos se le acerca bastante. Considero que ésta debería ser la forma ideal de imitación en el arte. No hay por qué duplicar el objeto en todos y cada uno de sus detalles. Lo más importante es reproducir la representación subjetiva de lo que uno vio. No tiene que lucir exactamente como lo que uno está imitando. Y algo de eso es lo que quiero de decir en Achilles... De hecho, todas las pinturas que aparecen en la película las pinté yo y son las que critica el marchand: “¡Usted cree que pinta como Pollock, Klee o Mondrian, pero sus cuadros ni siquiera se le parecen!”. Pero eso no es algo necesariamente malo. Porque como le sucedía al nativo de Papua Nueva Guinea, que imitaba al avión con cañas de bambú, el protagonista de Achilles... que yo interpreto, ese pintor sin talento ni éxito, lo que puede hacer con su habilidad tan limitada es crear una suerte de imitación. Pero la brecha con la realidad es tan grande como la del avión con las cañas de bambú. Y esa brecha es la que me interesa explorar en la película.

–Para la gente de mi generación, hay una fantasía típica: si uno aspira a ser un artista debe viajar a París y reunirse con pintores en los cafés de Montmartre y llevar una vida bohemia. Esa fantasía, hoy más absurda que nunca, está reflejada en mi película a través del protagonista. En cuanto a mí en particular, el período de la historia del arte que más me interesa es el que va del Impresionismo al Cubismo, la progresión de esos movimientos y cómo los artistas trataron los temas de su época. Pero no tengo un conocimiento más que superficial del asunto, soy apenas un aficionado. Ahora bien, me esforcé por darles un color y un tono diferente a los tres movimientos en los que dividí la película. Los años de infancia tienen un tono casi sepia. Gradualmente, la película empieza a ganar en color y para cuando yo asumo como actor al protagonista ya predominan colores primarios, los tonos muy vivos. Esa evolución de la paleta de la película acompaña el proceso del personaje y fue algo en lo que me esforcé mucho.
–El protagonista de Achilles... nunca tiene la posibilidad de estudiar, es un autodidacta. ¿Piensa que el arte no se puede enseñar?
–Bueno, definitivamente creo que algunas de las técnicas básicas hay que aprenderlas, alguien te tiene que enseñar. No necesariamente en una escuela, pero puede ser un amigo o incluso alguien del barrio. Es como cuando uno juega béisbol: antes que nada hay que aprender a catchear. En este sentido, hay cosas elementales que uno no las puede aprender por sí mismo, uno necesita de otros, no necesariamente de una escuela, pero sí de un mentor.
–Y como cineasta, ¿quién fue su mentor?
–Humm... (piensa). Yo diría que aprendí cine cuando hacía stand-up comedy y desde mis números arriba del escenario criticaba mucho los clichés que veía en el cine. Y esos clichés son los que traté de evitar cuando empecé a dirigir. Recuerdo especialmente un número en el que me burlaba de un mal director y las películas estúpidas que hacía y allí decidí que eso era algo que nunca iba a hacer si empezaba a filmar mis propias obras. Ese fue quizá mi mejor aprendizaje como cineasta. En cuanto a la pintura, soy todavía un amateur, técnicamente soy muy malo. Y no me gusta andar explicando lo que pinto. Empecé a pintar por el placer de hacerlo, para divertirme y para disfrutar. Me inicié haciendo caricaturas, burlándome un poco de alguna gente, y ése fue un buen aprendizaje sobre cómo plantear la figura humana sobre papel.
–Usted se desempeña en distintos campos: el cine, la televisión, la pintura. ¿A cuál le da prioridad?
–El secreto está en no perder tiempo en detalles. Puedo estar concentrado en una actividad, pero a la vez prestarles atención a otras cosas. Si uno se ata demasiado a algo y descuida el resto, hay elementos de la propia personalidad o potencialidades que se desaprovechan, o que directamente se pierden.
–En Achilles... al protagonista se le plantea una disyuntiva: ¿el arte es más importante que la vida o la vida debería ser un arte?

–¿Le parece que los artistas deben tener alguna responsabilidad especial acerca del mundo en el que viven?
–Hay una tendencia muy fuerte, en todo el mundo, a que los artistas sean conscientes acerca de una variedad infinita de temas: sociales, ambientales, conflictos raciales, desigualdades de todo tipo. Yo en cambio pienso que el artista es otra cosa, que no debería necesariamente pensar en todo eso. El artista no es un activista social. Tiene otro lugar en el mundo.
–¿El artista entonces debe aislarse de la sociedad en la que vive?
–No necesariamente. El artista no debe ni aislarse ni ser apartado de la sociedad. Lo pienso más bien como un león que está bien alerta detrás de una gacela: se ubica a la distancia justa de la manada, ni demasiado cerca, porque la ahuyentaría, ni demasiado lejos, porque si no se moriría de hambre.
Fuente: página12
