semanario cultural de caracas
semanario cultural de caracas
corneta
24 al 30 de septiembre, 2009, no.64

El capitalismo «cultural»
y las nuevas formas de comunicación
Cultura : ¿experiencia de valores compartidos
o nuevo poder económico en crecimiento?
Si la comunicación no puede ni debe desvincularse de las sociedades y de la cultura (pues no pueden existir la una sin la otra), resulta imprescindible responder a la siguiente cuestión: ¿qué sucederá entonces cuando todas las formas de comunicación se mercantilicen y la cultura, la materia de la comunicación, se convierta también, inevitable y definitivamente, en una mercancía?
La respuesta es, precisamente, que éste es el desarrollo al que parece estamos asistiendo en la actualidad: la cultura —las experiencias comunes que dotan de significación a la vida humana— está siendo arrastrada de forma inexorable hacia el mercado de la comunicación, donde se renueva con criterios comerciales.

La vida cultural está constituida por una serie de experiencias comúnmente compartidas y, por consiguiente, plantea cuestiones de acceso y pertenencia. Si se es miembro de una comunidad y una cultura, se disfruta de acceso a sus redes compartidas de significado y experiencia; si no se es miembro de esa comunidad, la exclusión es condición definitoria. A medida que una cultura compartida se descompone en experiencias comerciales fragmentadas, los derechos de acceso se van trasladando del dominio común al ámbito comercial. El acceso ya no se basa en criterios intrínsecos —tradiciones, derechos de libre circulación, familia y amistad, étnia, religión o sexo—, sino en la posibilidad extrínseca de pagar su valor de mercado.

Esta nueva forma de explotación de los recursos —culturales, en este caso— cuenta con un elemento también nuevo y que, en parte, viene por él definido: el desarrollo tecnológico y sus posibilidades de dosificación y posterior reapropiación comercial. Todo este desarrollo y posibilidades puesto al servicio del entretenimiento individual que las diferentes innovaciones tecnológicas han ido ofreciendo, y que muestran una relación directa entre el surgimiento de la sociedad postindustrial y la disyunción que se ocasiona a raíz de los diversos cambios de ritmo en las áreas de la estructura social, política y cultural.
Es decir, que este nuevo tipo de sociedad origina cambios en la estructura social, cambios que a su vez provocan problemas gerenciales en el ámbito político y, por tanto, ocasionan nuevas maneras de vivir que son el resultado de la primacía del saber cognitivo y teórico. Tales modos de vivir desafían inevitablemente a la cultura.
Nosotros creemos que la cultura es una experiencia compartida; es decir, un acercamiento común alrededor de valores compartidos . Sin embargo, es el caso que la producción cultural, inducida por el desarrollo tecnológico, ha modificado la cultura tanto hasta convertirla en «la más poderosa fuerza social y económica de nuestro tiempo».
Marketing y capitalismo cultural

El cambio de perspectiva desde la producción al marketing constituye uno de los más importantes acontecimientos en la historia del capitalismo. El sistema capitalista se sirve de él para traducir normas, prácticas y actividades culturales en mercancías. Los especialistas en marketing utilizan las artes y las tecnologías de la comunicación para atribuir valores culturales a productos, servicios y experiencias, inyectando significación cultural a nuestras compras.
La función del marketing ha cambiado a lo largo de los años, a medida que la venta de la experiencia desplazaba a la venta del producto. En la era industrial, cuando el principal objetivo era la venta de bienes, el marketing —aunque importante— desempeñaba, sin embargo, un papel subordinado. Ahora los trabajadores culturales de la industria del marketing se ocupan principalmente de seleccionar retazos de significado, fundamentalmente, de la cultura popular. Con ayuda de las artes —música, cine, diseño, publicidad—, envasarán el producto para provocar cierta reacción emocional en el cliente asociada a una categoría cultural concreta. La venta del producto se vuelve algo secundario con respecto a la venta de la experiencia, de tal modo que determinadas marcas comerciales no venden tanto el producto que las identifica como la imagen externa (superficial, por ello mismo) de lo que supondría su consumo o su compra: «la imagen no representa el producto», sino que «el producto representa la imagen» ; ésta es la nueva era del marketing. Hoy, comprar significa acceder a un estilo de vida, a la imagen de un estilo de vida que nos gustaría tener y experimentar.

El trabajo del especialista en marketing consiste en saquear la cultura permanentemente para encontrar nuevos contenidos que produzcan determinadas reacciones en nosotros. Con frecuencia, para vender el producto los especialistas en marketing tendrán que sondear las profundidades de la cultura y tomar prestadas imágenes de las fuentes más extravagantes o sorprendentes. De hecho, Benetton, o Levi's, por poner sólo dos ejemplos, pretenden con sus campañas situar sus marcas en el centro mismo de la cultura popular: es decir, pretendían apropiarse de la cultura mediante técnicas artísticas para explotarla en la producción cultural.

En la nueva economía el consumidor es cada vez más un consumidor de cultura, y la cultura es cada vez más un producto, entre otros, del mercado. Esta tendencia resulta especialmente contrastable en un contexto relativamente nuevo: el del marketing de acontecimientos y estilos de vida. Un número progresivamente mayor de empresas está vinculando sus marcas, productos y servicios a actividades culturales, llegando en ocasiones a controlar el negocio cultural y a administrarlo directamente. La presencia empresarial es prácticamente ubicua en la esfera cultural, y parece que no haya icono ajeno a la cultura que pueda evadirse del sello empresarial.

Los anunciantes son conscientes de que las personas, ante todo y en primer lugar, son consumidores de símbolos más que de productos tangibles. La publicidad, como tal, asume el papel de traductor de los significados simbólicos asociados a referencias culturales; sirve como puente, mediando entre la historia particular de cada individuo y las grandes historias que conforman la cultura. Los consumidores tienen acceso a la cultura (y a sus desviaciones, claro, tan perversas a veces), a sus diversos significados, en parte gracias a los múltiples mensajes publicitarios que reciben. La publicidad informa a los consumidores sobre la «cultura», y les enseña qué compras evocarán la connotación cultural y experiencia de vida más adecuada a sus gustos. El capitalismo avanzado, por tanto, ya no sólo fabrica bienes o provee de servicios, ni siquiera intercambia información: su objeto es, sobre todo, la creación de elaboradas producciones culturales.
Ante esta situación que acabamos de exponer, una pregunta quedaría por resolver: ¿es posible invertir los resultados de este proceso de mercantilización de la cultura?, o dicho de otro modo, ¿existe alguna posibilidad de convertir el marketing y sus estrategias en una herramienta que separada del mercado, por muy paradójico que resulte, pueda ser útil en la tarea de hacer de nuestras vidas una experiencia más libre, menos sometida.

A este respecto, nos gustaría recomendar al lector la visita del sitio www.yomango.net, así como la lectura del texto Acerca de Yomango donde se explica con detenimiento en qué consiste este proyecto pionero de eso que podríamos denominar marketing sin mercado.
Ver el proyecto yomango y más del colectivo Los Equipos Fiambrera, en corneta no.26 >>
Fuente: Ni rastro de carmín
