
Siglo XXI, el arte ha muerto,
¡viva el arte!
Por José Manuel Estévez-Saá
En un momento histórico como el actual en el que los últimos avances tecnológicos y las nuevas tecnologías de la comunicación y la información invaden casi por completo el espacio sociocultural de cualquier país de los llamados desarrollados, merece la pena hacer un alto en el camino y reflexionar sobre la esencia del Arte y la función que desempeña dentro de ese organigrama que cada vez resulta menos real y más virtual. Quizá sea el momento de preguntarnos si el Arte debe ser concebido como una noción de carácter estático y bien definido y delineado, o si, por el contrario, debe evolucionar conforme el progreso tecnológico y la modernización creativa se van imponiendo en el terreno artístico.
En este sentido, son muchos los que se preguntan qué ha quedado en el camino, qué se ha perdido – si es que se ha perdido algo – en el tránsito de la obra de arte como objeto de diseño, culto y admiración estética elitista a la manifestación artística como objeto de placer, denuncia, intercambio, fabricación y distribución industrial propia de la cultura popular y la cultura de masas. Tampoco debemos pasar por alto la idea de arte como exponente de la creatividad humana ni como referente último con el que identificarnos y a través del cual comunicarnos, porque probablemente sean éstos los rasgos comunes existentes entre el arte en sentido clásico (pintura, música, literatura, arquitectura, etc.) y las nuevas expresiones artísticas como el media art, el body art, el graphic art o el propio graffiti, entre otras.

Esta especie de "crónica de una muerte anunciada" – si se me permite jugar con el título de la novela homónima del escritor colombiano Gabriel García Márquez –, hay que enfrentarla, hoy más que nunca, a una decidida "voluntad de vivir" – que diría Arthur Schopenhauer o el mismísimo Thomas Mann. Y es que el arte en nuestros días ha sabido demostrar que, lejos de constituir un producto cultural en extinción, ha de ser interpretado como una rica y variada gama de expresión humana. De hecho, los propios postulados de un decimonónico Hegel deben continuar siendo reinterpretados desde la óptica del siglo XXI para ver si efectivamente aludían a un "fin del arte" o a una agudamente augurada "reformulación" y "reconceptuación" o nueva conceptualización del mismo.
Las nuevas tecnologías, así como las tendencias creativas de última generación que necesariamente han de cohabitar con las formas más puras y clásicas del arte (como las denominarían los esencialistas), demandan novedosas técnicas de percepción artística, e innovadoras perspectivas críticas que sirvan como vehículo de difusión a esas reformadas expresiones culturales. Quizá debamos ser tan sutiles como para establecer un fructífero y enriquecedor diálogo entre el Arte con mayúscula y en sentido clásico, y el arte en minúscula y como concepto más reciente, rompedor y alternativo.
No podemos ni debemos olvidar que el propio Arte como noción dialéctica y estética ha sufrido importantes transformaciones con el paso de los siglos. Aplicado al estudio de las matemáticas, de la medicina y de los ángulos en un primer momento, en la época medieval y, más concretamente, en el ámbito universitario, se ampliaron hasta siete sus campos de estudio. Es por ello que hablamos de las "siete artes clásicas" o las famosas "artes liberales" (gramática, retórica, lógica, aritmética, geometría, música y astronomía), aunque algunos las prefieran asociar a las famosas "siete musas", con lo que hasta finales del siglo XVII debemos entender como arte la historia, la poesía, la comedia, la tragedia, la música, la danza y la astronomía. Posteriormente, con la diferenciación en el siglo XIX entre arte y ciencia, gracias al papel decisivo que jugó la Royal Academy de Londres a finales ya del XVIII en la distinción entre artista, artesano y científico, y debido a la inclusión de aspectos propios del arte como la creatividad, la imaginación, la sensibilidad o el temperamento (nociones éstas ya desarrolladas a partir del Periodo Romántico), la idea de arte sufrió una serie de revoluciones que no han cesado hasta hoy día. Así, sin apenas darnos cuenta, hemos pasado de las "siete nuevas artes" (arquitectura, cine, danza, escultura, literatura, música y pintura) a una serie de manifestaciones creativas que, por el fortísimo componente cultural que soportan, han de ser necesariamente reconocidas como arte en toda su esencia. No me refiero sólo al teatro, a la fotografía, a la televisión o a los medios de comunicación (media art), sino a la moda, el diseño, el cómic, el arte gráfico (graphic art), la publicidad (Ad art), los videojuegos y el cine experimental (video art), el arte corporal (body art), el arte digital (digital art), el teatro de participación (happening o performance art), el Net.art, el pixel art, o el propio grafito (graffiti), etc.

Hemos de entender que el arte alude a un producto en esencia cultural, a una manifestación artística que emana de las actividades creativas y los modos de expresión del ser humano. Su carácter individual y creativo nos permite hablar de identidad personal o subjetiva. Su fin colectivo nos facilita entender la posterior relación que se establece entre un "yo" creador y otro receptor o espectador; y este vínculo entre ambos genera uno de los fines primordiales del arte ya defendido en su momento por Tolstoy, la comunicación. Sea como fuere, cuando hablamos de identidad personal desde un punto de vista filosófico, aludimos a la esencia del individuo consciente de sí mismo y de su presencia en el mundo. Es precisamente esta esencia lo que hace al hombre y a la mujer artista únicos. Sin embargo, esta singularidad es constantemente moldeada, determinada, modificada, conformada y complementada por una serie de circunstancias culturales, ideológicas y sociales que le afectan de una manera radical más o menos directa y consciente. El resultado es un carácter que en esencia es único, pero que no deja de transmitir una sensación de continuidad y afiliación con y hacia aquello que lo rodea y de lo que forma parte.
Éste es el objetivo de aproximaciones críticas y métodos de análisis como los Estudios Culturales y la Teoría Social, ser capaces de estudiar y entender al individuo en un contexto de pertenencia a un grupo o una cultura determinada con la que se produce una directa y decisiva identificación. Las distintas manifestaciones artísticas, con sus diversos géneros y variedades, constituyen para el ser humano una referencia con la que se produce una identificación tanto desde el punto de vista creativo como desde el de consumidor de esos mismos productos culturales.
El resultado de todo ello es la conformación de una "identidad colectiva", una "conciencia colectiva" a la que sólo se puede acceder a través de una serie de prácticas culturales entre las que destacan las que hace unas décadas el escritor y crítico de arte John Berger etiquetó como "apreciación imaginativa" y "perspectiva histórica", y en las que facultades clásicas como la memoria y la imaginación constituyen un valor fundamental.


En estos momentos, además, nos encontramos con una nueva realidad construida a partir de una serie de transferencias y desplazamientos generados por el momento de cambio raudo y radical en el que nos encontramos inmersos. La modernidad primero, con su carácter innovador y rompedor, y la posmodernidad después, con su componente trasgresor y aperturista, han generado una realidad global (el fenómeno de la Globalización) en la que se premia cada vez más la diversidad cultural, la difusión artística, la influencia intercultural y la competencia interdisciplinar. Así, nuevos conceptos como multidisciplinaridad, interdisciplinaridad, transdisciplinaridad o crosdisciplinaridad, no hacen sino tratar de dar respuesta a una serie de pugnas, apropiaciones, reapropiaciones y diálogos que se establecen a lo largo y ancho del mundo en el terreno artístico. En la era de la comunicación global, lo que un artista crea en un reducto del mundo, a los pocos minutos se conoce o trasciende al otro lado de ese mismo mundo tan amplio y tan pequeño a la vez.
La posibilidad que las nuevas tecnologías de la comunicación y la información nos dan para estar al tanto de lo acontece allende los mares hace que las tendencias artísticas más innovadoras no permanezcan cerradas al mundo hasta que el paso del tiempo o el encuentro fortuito con un cazatalentos, un mecenas o un crítico de arte consiga exportarlas más allá de sus fronteras culturales. Al mismo tiempo, esas nuevas corrientes creativas contribuyen al enriquecimiento de las de más allá y al propio entendimiento y comprensión de otros modos de ver el mundo y concebir el arte que por lejano nos resulta desconocido. Este trasvase cultural, en un momento de grandes tensiones internacionales como el que vivimos, resulta básico para ser capaces de superar prejuicios y fomentar y difundir nuevas formas de entender nuestra propia presencia en el mundo.
Al mismo tiempo, la creación artística se enriquece gracias a las aportaciones de nuestros congéneres lejanos tanto a nivel temático como formal. Esta experiencia que es cada vez más real ha provocado que los distintos modos de creación artística se solapen y complementen. La raíz de todo ello surge de la predisposición para experimentar el mundo como algo desconocido pero susceptible de ser analizado desde nuestro propio posicionamiento en el mismo. Y el logro será mayor cuanto más desconocido, ocultado u obviado haya sido lo que termine por ser descubierto o compartido. Ese tránsito entre lo local, lo regional, lo nacional y lo internacional representa la propia esencia de ese otro fenómeno que viene necesaria y positivamente asociado a la globalización, la hibridación.
Con la hibridación se pierden las esencias originales y se crean otras quizá más ricas, quizá distintas, pero sin duda más ajustadas a la realidad que nos ha tocado vivir. Todo ello genera una complejidad que también debe ser entendida en términos positivos, pues hace al ser humano más racional, más multidimensional, fomentando el avance en el pensamiento antropológico y filosófico, motivando debate y estudio, demandando nuevos análisis identitarios que nos ayuden a entender al hombre y a la mujer del siglo XXI en su totalidad y su territorio.
Quizá resida en esta realidad no exenta de complejidad la razón por la cual las y los "críticos de arte" actuales gozan de una formación necesariamente más amplia que sus predecesores; porque han de ser capaces de conocer no sólo el pasado del arte sino también el presente para poder así enseñar al mundo la magia de la propia esencia creativa, de la identidad colectiva del arte. Si las manifestaciones artísticas definen al ser humano en su complejidad, con sus anhelos y sus angustias, sus inquietudes y expectativas, los críticos de arte deben ser capaces de dar buena cuenta de todo ello y convertirse en los portadores del pensamiento actual, en los verdaderos intelectuales del siglo XXI.
Así, independientemente de que estemos de acuerdo con Bergson y entendamos el arte como comunicación, con Kant y apreciemos del arte como forma creativa, o con Aristóteles y consideremos el arte como mimesis, representación o recreación de lo que nos rodea, lo que es evidente es que ha sido gracias a las nuevas tecnologías, a la imprenta, a la litografía, a la fotomecánica, a la impresión offset, a la serigrafía, a la planografía, a la rotativa, al Copy Art, al ordenador, a la impresión fotográfica, a Internet, a las técnicas de reproducción, a la animación, a la prensa digital y escrita, etc., que el arte con el paso del tiempo es más energeia y ergon a la vez, y que se ha democratizado de una manera que no tiene ni debe tener marcha atrás.
Además, hemos de tener bien claro, hoy más que nunca, que el arte (a diferencia del axioma de la energía y la materia), se crea, se destruye, se transforma, se deforma y se reforma.
Fuente: El Correo Gallego

