
El arte como «Reality-Show»
Por Fernando Castro Flórez.
El modelo patético de reclusión para el éxito ha triunfado planetariamente. Eso nadie lo pone en duda. Si Sócrates quería -como toda la filosofía (uno de los más obstinados «ideales ascéticos»)- librarse de la cárcel que es el cuerpo, muchos de nuestros contemporáneos desean estar encerrados en donde sea (una casa cutre, una isla o una así llamada «Academia») porque gracias a eso conseguirán algo más importante que purificar su alma: lograrán la fama instantánea.
Unas podrán posar en pelotas, más pronto que tarde, en una revista del ramo; otros, si están versados en el arte del parloteo provocador, acudirán como «invitados» a norias y otros espacios de «salvamento» para confesar cosas cuanto más sórdidas mejor. La cámara virtual está en la cabeza de todo el mundo. «Antes -escribe Baudrillard- en la época del Big Brother, se habría vivido esto como control policial, mientras que hoy ya no es más que una especie de promoción publicitaria». Todo viene del ready made duchampiano, por más que nos cueste aceptarlo; aquéllos que entregan su psicodrama por televisión son los herederos del Portebouteilles, formas que aspiran a un estatuto especial de visibilidad (unos buscan el arte y otros, sencillamente, la fama). Estamos entrando en el arte actual en lo que denominaré una completa literalidad, donde todo tiene que ser mostrado. La estética de la obscenidad es el paradigma de una época narcolépsica.


(Abajo) Damien Hirst, actualmente el artista británico mas famoso; es la última producción de Charles Saatchi

Más de lo mismo. Como se advierte cierto cansancio de los realities por culpa de la sobredosis de streapers, transexuales, policías o maridos cornudos, algún ejecutivo «con ideas» ha planteado la posibilidad de hacer más de lo mismo sólo que con artistas. En realidad, todos los que frecuentan esos lodazales creen, en el fondo de su almita, que lo son. Pero ahora el asunto adquiere cierto nivel y no se pretende hacer un remake de Tú si que vales.
Charles Saatchi, un reconocido «adicto» al arte contemporáneo, ha lanzado el concurso School of Saatchi para encontrar a la nueva «estrella del arte británico»; lo bueno es que en la campaña publicitaria reconocen que no hace falta tener ninguna habilidad especial:basta con tener suficiente cara dura y estar dispuesto a ser usado como un kleenex. En realidad, el publicista, como suele ser habitual, no ha inventado nada. Su iniciativa es una copia de Art Star que se emitió desde Nueva York por el canal Films and Arts; se trataba de una competición entre ocho artistas para conseguir una exposición individual. Al frente del tinglado estaba Jeffrey Deitch, reputada salsa para todos los guisos (comisario, coleccionista, galerista...).
A lo largo ocho capítulos realizaron distintas tareas que les encomendaron: hacer una performance, exponer sus ideas, ayudar al artista Steve Powers a realizar cartelones o soportar los «consejitos» de los profesionales del sector. La primera impresión que generaba la contemplación de este reality era, lisa y llanamente, la de un aburrimiento abismal, aunque una vez superado el estadio de la fosilización mental comenzaban a percibirse singulares detalles. Resulta que la ocupación principal de los aspirantes a geniecillos del arte era perorar sin pausa sobre cuestiones pseudo-filosóficas. Aquello era una reunión tremenda de pedantes que compartían algunas divinidades, la más mentada de todas, Derrida. Si bien no tenían grandes cualidades para desplegar argumentos consistentes, no cesaban en su empeño de citar la deconstrucción o el postmodernismo sin dejar de poner cara de estar absolutamente «iniciados».
Rollo tras rollo. Pasaban -y eso era, de verdad, digno de verse- de ese estado de «tertulianismo pretencioso» a fases de febril ejecución de lo que llamaban «piezas».Por supuesto, lo que hacían no tenía nada que ver con todo el rollo que desplegaban con anterioridad.

Nuestra cultura del karaoke, en un eterno retorno aberrante, convierte en hit aquello de «la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar». Hemos sufrido una lamentable regresión infantil, semejante a la de la agonía de Hal 9000 la computadora homicida de Odisea del Espacio. Las parodias inacabables de lo que Gérard Imbert llama «postelevisión» nos introducen en un espacio turbio; como el del arte, tenemos que añadir sin pecar de apocalípticos.
Fuente: abc

