MARCELO MEJIA Y LAS HETEROTOPIAS




“Hay entonces países sin lugar e historias sin cronología;

 las ciudades, los planetas, los continentes, los universos, de los cuales

sería imposible extraer la huella sobre ningún mapa ni bajo ningún cielo,

 simplemente porque ellos no pertenecen a ningún espacio.”

Michel Foucault. Las heterotopías.





Por Ricardo Arcos-Palma*


Marcelo Mejía es uno de los artistas jóvenes más prometedores en este momento, en la escena del arte contemporáneo colombiano. Su obra más reciente, que se está exponiendo en este momento en la ciudad de La Paz en la Bienal Siart 09 de Bolivia, se enmarca dentro del concepto de heterotopía acuñado por  el filósofo Michel Foucault en el año 1967, durante una conferencia en el Círculo de Estudios Arquitecturales de París. Este concepto alude al espacio, en particular el espacio urbano, el cual está caracterizado por una disolución de las distancias, por un cuestionamiento de las realidades urbanas y de los ciudadanos. El habitante de la urbe contemporánea se ve confrontado a su propia imagen, que se refleja en espacios imposibles, generados por las nuevas arquitecturas de cristal y metal. Ya no es la época donde el flâneur baudelaireiano intentaba fundirse en un multitud monstruosa, ni tampoco donde el mirón de Edgar Poe intentan sustraerse y alejarse de la misma masa que detesta y teme. No, en esta época, los habitantes urbanos, se funden de manera radical con los espacios generados por esas nuevas construcciones. Esos espacios, serían una suerte de no lugares (Marc Augé), donde la única manera de generar otras miradas se encuentran en los espejos, que se convierten en verdaderos lugares oníricos que terminan afectando la realidad. Los espejos urbanos, son verdaderos espacios perceptivos que transforman la arquitectura y el espacio exterior a ella. El individuo y las cosas ingresan en esos espacios reflexivos creando otras imáges, otras realidades.

 


 

Estos “contra-espacios”, como los llama Foucault, son determinantes para generar otros espacios, que dan cuenta de las nuevas relaciones que se establecen entre las arquitecturas y los individuos. Pero estos contra espacios se configuran a partir del tiempo y de sus cortes: “Encontramos que estas heterotopías están vinculadas con más frecuencia a los cortes singulares del tiempo. Ellas son parientes, si usted quiere, de las heterocronías”[1]. En este sentido Foucault insiste que las heterotopías constituyen una nueva temporalidad y espacialidad anudada por los sueños. Si las alfombras voladoras, dice en su texto Foucault-, lograron configurar la tipología de los jardines de invierno, es posible que los espacios imaginarios o del sueño puedan generar espacios de ensoñación perfectamente reales.

 


 

Al respecto el mismo artista Marcelo Mejía, dice lo siguiente: “Las Heterotopías se configuran como contra-espacios, espacios reales fuera de todo lugar o incluso utopías situadas,  complementándose así el carácter ideal e irreal de la misma. Las Heterotopías tienden a la desorientación en la medida en que son lugares intrincados y laberínticos,  consecuentes con la simultaneidad de nuestra época.  Hospitales, Asilos, Cárceles y Museos son algunos ejemplos de estos espacios.  En ellos suelen superponerse o yuxtaponerse dos a más sistemas  espaciales  –de manera virtual o real- que normalmente no estarían relacionados. Los cortes temporales  son una  característica de estos espacios, en ellos se pueden albergar simultáneamente diversas temporalidades. La condición de imponer  sus propias reglas, así como sistemas de apertura y cierre específicos, otorga a  las Heterotopías un carácter aislado. A ellas se accede de manera contractual siempre a sabiendas de que las cámaras sembradas por la institución están allí para asegurarse de que el orden propuesto continúe. Las Heterotopías se consolidan como espacios de vigilancia y control social.  Son una impugnación de todos los demás espacios, creando realmente otro espacio real tan perfecto, meticuloso y arreglado cuanto el nuestro está desordenado, mal dispuesto y confuso.[2]”

 


 

A partir de estas reflexiones el artista pone en escena una serie de imágenes constituidas con fragmentos de realidad, pero que al mezclarse generan una especie de sincretismo virtual donde lo humano se ve atrapado por lo heterotópico. En sus fotografías existe una cierta reminiscencia de la obra del pintor Edward Hopper, quien reflexionaba sobre el espacio urbano de la primera mitad del siglo XX. Si en Hopper el ser humano se ve inmerso en unas arquitecturas que acentúan su soledad, en las fotografías de Mejía, el ser humano se ve absolutamente inmerso en la soledad: esos contra-espacios se convierten en un gran espejo que refleja la soledad el hombre contemporáneo. y su incapacidad a dominar la arquitectura. Pero tal espejo, no puede generar una imagen de confianza donde el reflejado se autoreconozca: al contrario la extrañeza se manifiesta al extremo:


“Edificios institucionales y empresariales que han aparecido en las dos últimas décadas en el entorno latinoamericano -siguiendo esquemas importados cuyos derroteros son el determinismo y el progreso- se configuran como paradigmas de estos  No lugares y Heterotopías.  Los materiales utilizados: vidrio, acero y  aluminio, así como la fachada flotante, reafirman el concepto alrededor del espejo -y el reflejo-  que encierran estos espacios.  Detrás de la aparente pulcritud de estas estructuras se hace palpable una ruptura del esquema territorial, social y antropológico. Sus deslumbrantes fachadas encierran el espejo donde el individuo se presenta enajenado, incapaz de reconocerse ante su propio reflejo pero estupefacto ante el espectáculo de él mismo engrandecido.”[3]

 


 

El espejo en este caso, se convierte en el lugar por excelencia de la desaparición de los espacios reales, pero al mismo tiempo, y ahí radica la paradoja de las heterotopías, estos espacios no reales, no lugares, se transforman en verdaderos lugares de reflexión: las perspectivas se juntan, se mezclan promiscuamente en el espejo anulando por completo toda posibilidad del encuentro con los otros: solamente queda el encuentro del individuo con su mismidad. Los espejos de las fachadas de nuestros edificios, en su mayoría de grandes entidades financieras, se convierten en grandes fuentes de agua, donde el cielo aún azul, como si no fuera el cielo contaminado de nuestras ciudades, se refleja límpidamente acentuando la irrealidad de estos espacios.

 


 

El artista apoyado en la fotografía digital, logra crear unas imágenes bastante interesantes que cuestionan esos nuevos espacios de poder en las “sociedades de la transparencia” (Gianni Vattimo), que generan otros puntos de vista completamente atravesados por los flujos de capital y sus custodios; el sentimiento del peligro que esas arquitecturas se desvanecerán en el aire en la era del terror (Las torres gemelas de New York), acentúan una mirada de vigilancia que instauran  peligrosamente las sociedades de la seguridad. El individuo urbano se ve confrontado a intentar ablandar tales arquitecturas y mecanismos de control, mediante un juego de contra-miradas, que desvirtúan lo que las cámaras de vigilancia proyectan, generando así unos verdaderos espacios heterotópicos, pero donde las utopías aún son posibles frente a una distopía que crece poco a poco. Su obra estará expuesta a comienzos del próximo año, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia.



Ricardo Arcos-Palma es PhD egresado de la Sorbona, actualmente Director del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. (vistazo_critico@yahoo.fr)


Notas:

1 Foucault, Michel. Les corps utopique, les hétérotopies. Paris : Nouvelles Editions Ligne. 2009.

2 Mejía, Marcelo. Heterotopías. Ensayo inédito sobre su obra.

3 bid.






Tomado de escanercultural

 

10 al 16 de diciembre, 2009, no.75

semanario  cultural  de  caracas

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