
UTOPÍAS, EL SOCIALISMO QUE PUEDE VENIR
Francia e Inglaterra eran, a finales del XIX y principios del siglo XX, los referentes de esta narrativa de anticipación, que tuvo muestras en multitud de países, incluido España. Sin retroceder hasta las manifestaciones anteriores al siglo XIX de la literatura utópica, la agitación obrera de la segunda mitad del siglo fue tan efervescente que muchos autores se hicieron eco de las inquietudes proletarias y de los abusos de la sociedad industrial y convirtieron a la novela como vehículo explícito ideológico de oposición a su probable cumbre. Ellos vieron en el género el molde ideal en el que verter sus ideas y aspiraciones. Estamos hablando de obras como las inglesas La raza futura (1871) de Edward Bulwer Lytton, Dentro de trescientos años (1881) de W.D. Hay, La era de cristal (1887) de W.H. Hudson, El año 2000, una visión retrospectiva (1888) del norteamericano Edward Bellamy, y Noticias de ninguna parte (1890) de William Morris; además de las francófonas La ciudad futura (1890) de Alain Le Drimeur o Cartas de Malasia (1898) de Paul Adam. En el nuevo siglo, la aparición de utopías se ralentiza significativamente, y comienzan a cobrar mayor protagonismo las distopías, las utopías negativas, con su profunda crítica del capitalismo imperante y su moral.


Así visitamos “un lugar completo y aislado, articulado con ayuda de una visión panorámica que permite ver su organización social como un contrasistema formal y ordenado”, según Darko Suvin. Se trata de un espacio fraternal, donde el trabajo no es una obligación sino una participación en el desarrollo de la comunidad, en donde la propiedad privada está abolida. Una sociedad sin clases, autárquica, atea, perfectamente regulada y equilibrada en la cual la armonía y la felicidad son desbordantes. Los autores, con una exhaustividad inusitada, recorren junto a unos pocos personajes ese mundo desgranando todos los detalles de la sociedad, todas las soluciones que propone y desbaratando toda posible duda de su viabilidad.

Sin embargo, cabe preguntarse si esta simplificación por el afán de difusión produjo resultados; si el pueblo trabajador, destinatario de las historias, accedió a ellas, las entendió y asimiló esas ideas. No podemos sino ser muy escépticos al respecto. La clase obrera era en su práctica totalidad analfabeta y, aunque sí tenemos constancia de la repercusión entre otros burgueses progresistas de estos libros (como ocurrió con la obra de Bellamy o las ideas de Morris), debemos cuestionarnos la incidencia entre los trabajadores. A día de hoy, tristemente, estas narraciones continúan siendo ficciones no reales, aunque constituyen referentes hacia los que poder avanzar, antes que meros testimonios.
Por A. G.-T. publicado en Diagonal
