
Federico Fellini, siempre actual
Si Federico Fellini no hubiera fallecido en 1993, el miercoles pasado habría cumplido 90 años de una existencia fructífera para el séptimo arte. Nacido en Rimini el 20 de enero de 1920, tuvo una infancia difícil. Decía que se escapó de un internado para ir detrás de un circo ambulante. De esa forma explicaba su debilidad por los espectáculos circenses y los payasos, que tan presentes están en su filmografía.
En la década del cuarenta comenzó a escribir guiones y a colaborar en los estudios de Cinecitta. Escribió junto con Sergio Amidei el guión de Roma, ciudad abierta (1945), del director Roberto Rossellini, drama bélico filmado en escenarios reales y con actores no profesionales. Esta cinta sentó las bases definitivas del movimiento neorrealista, que tuvo como ejes la economía de medios, rodaje en exteriores naturales, presentación de la pobreza extrema y la no utilización de grandes estrellas. Con el guión de esta película, Fellini fue allanando el camino para su éxito personal.
En su obra supo conjugar de manera eficaz elementos del neorrealismo y del surrealismo, mezclados con aspectos autobiográficos, lo que le dio a su cine un toque onírico y realista a la vez, creando un estilo tan peculiar que muchos estudiosos del cine lo han definido como el estilo fellinesco. Y es ese toque el que ha sido tomado como referente por directores contemporáneos como Wenders, Cronomberg, Lynch, Herzog, entre otros. Es esa forma tan atrevida y única de hacer cine lo que lo convirtió en uno de los directores más personales.
Se aprecian dos etapas bien marcadas en su trayectoria. La primera estuvo signada por el entorno de tinte social propio del neorrealismo; y la segunda fue una etapa de experimentación, con obras más intimistas que lo llevaron a romper con las productoras.

En el campo de la experimentación, Fellini realizó Ocho y medio (1962), obra en la que el director combina lo real con lo imaginario, y cómo esa dualidad hace que un director de cine, encarnado por Marcello Mastroiani, actor fetiche de varias películas de Fellini y en esta álter ego del director de Rimini, termine envuelto en un caos creativo y personal.
Las adaptaciones literarias no estuvieron apartadas de su inquieta mirada. La traslación al celuloide de la obra de Petronio se convirtió en Fellini’s Satyricon (1969), en la que nos lleva al decadente mundo de la Roma pagana de Nerón, con todos sus excesos, lujuria, fastuosidad y ambigüedad sexual.
Amarcord (1973) fue para el autor una especie de ajuste de cuentas con el mundo de su infancia y parte de su juventud en medio de una Italia asolada por el fascismo de Mussolini. En esta se lanzan fuertes dardos contra las sagradas instituciones sociales: la Iglesia, la familia, la escuela, todo aderezado con la música de Nino Rota, habitual colaborador musical en sus películas.
El Casanova de Fellini (1976) es una obra exagerada y ostentosa. Nos lleva a conocer desde su propia perspectiva la vida del célebre amante italiano. La cinta es una cruel reflexión sobre la vida, el amor, la soledad y la muerte.
Sus últimos trabajos, como La nave va (1983) y Ginger y Fred (1985), son homenajes al mundo de la música. La Dolce Vita (1959) merece mención aparte. Fue estrenada en 1960 y es una de las obras más conocidas del autor. Mastroiani encarna a un periodista de farándula que recorre las calles de Roma a la caza de información de los famosos. Va siempre acompañado de un fotógrafo llamado Paparazzo, que por su actividad dio nombre posteriormente al oficio de perseguir a las estrellas. De gran recordación son las escenas de Anita Ekberg bañándose en la fuente de Trevi.
En su extenso metraje, la verdadera protagonista de la película es la ciudad de Roma y sus calles que engullen a sus habitantes, llevándolos a un mundo nocturno poblado de una fauna extraña y grotesca. Por esas y otras cintas, la figura de Fellini sigue y seguirá presente en el mundo del cine.
Fuente: El Universo

