K. Le Guin,

exploradora de lo humano


Por: Alberto García-Teresa



Ursula K. Le Guin (Berkeley, 1929) se ha caracterizado por utilizar la ciencia ficción para estudiar las sociedades humanas y explorar sus posibilidades con una gran exigencia estética. No en vano, ella afirma que “el Futuro, en la ficción, no suele ser más que un modo de mirar el Presente”. En sus obras manifiesta una perspectiva coherente de la vida, del ser humano insertado en el mundo, cuya base es el taoísmo, pero un taoísmo que engloba el pensamiento anarquista, puesto que elabora una síntesis de ambos sistemas.


Su piedra angular es la búsqueda de la Armonía a todos los niveles. Para ello, adopta una postura revolucionaria, pues demanda un cambio profundo dirigido a esa consecución. Pero en realidad es radicalmente revolucionaria porque pide que ese cambio permanezca en continuo movimiento, sin estancarse ni enquilosarse, pues eso es lo que crea y sostiene estructuras de poder que, en última instancia, son las que causan el dolor y la injusticia. Así, la insurrección es una constante en su narrativa, también el estudio del Poder, el análisis de la violencia y sus efectos (unida al machismo), de las relaciones sociales (especialmente las sexuales, en las que apuesta por la aceptación completa de su libre disfrute como parte integrante de la vida y de una sociedad equilibrada y plena) y también la adoración de la naturaleza. Utiliza una perspectiva puramente antropológica, dominada por el placer de observar nuevas relaciones humanas. De este modo, dibuja distintos medios de organización social, aunque incide especialmente en la comunitaria en muchos de sus libros.


Técnicamente se debe resaltar la excepcional capacidad para crear atmósferas, su perfecto dominio del ritmo y el preciso ajuste sintáctico a la narración. Igualmente cabe remarcar su notable destreza en las descripciones; son certeras, evocadoras, precisas y fundamentales dentro de sus relatos gracias a su contundente valor simbólico. Sus libros ofrecen una gran multiplicidad de niveles de lectura. Aunque están elaborados con una estructura compleja, rica y llena de matices, apuntaremos, simplificándolos, los más relevantes: La relación entre roles sociales y sexualidad es el centro de la ambiciosa La mano izquierda de la oscuridad. Los personajes de su sociedad permanecen
asexuados casi todo el tiempo, pero entran en un período de “celo” en el que adquieren genitales de uno u otro sexo indistintamente. La ausencia de violencia es el hecho más significativo de ese universo, que la autora une a la cultura patriarcal. Los desposeídos es su obra más redonda. En ella muestra desde dentro una sociedad anarquista consolidada, pero la explora desde sus contradicciones y plantea su propia perspectiva de la ética anarquista en busca de la revolución permanente.


La perfección formal está puesta al servicio de una transmisión y recreación impecable. La breve El nombre del mundo es bosque ofrece todas las claves de la autora, aunque principalmente se basa en los principios de una sociedad coherente con la teoría de Gaia y la destrucción de la paz mediante la industrialización. Por su parte, El ojo de la garza es el texto donde con más firmeza expresa sus convicciones pacifistas, también desde el terreno insurreccional, y las tensa para ver qué pueden llegar a conseguir desde una perspectiva transformadora. Finalmente, debemos destacar también Cuatro caminos hacia el perdón, una colección de cuatro magnificas novelas cortas que ofrecen nuevos enfoques sobre liberación, sexualidad y noviolencia.





CINCO DISTOPÍAS, CINCO FUTUROS

Por: Fidel Insúa y Juanma Santiago


Las distopías han creado todo tipo de futuros posibles. Analizamos cinco de ellas, no demasiado conocidas, que alertan a la sociedad actual de las negras amenazas que se ciernen.


Contra la pureza


A finales de la década de 1980, dos fenómenos eliminaron de raíz el contenido político de la ciencia ficción: los últimos coletazos de la Guerra Fría y la mercantilización de la industria del entretenimiento. Las distopías a la vieja usanza desparecieron, y no repuntaron hasta principios del siglo XXI, de la mano de autores provenientes del ámbito de la literatura general, como Walter Mosley o Margaret Atwood. Así pues, China Montaña Zhang (1992) quedó para los anales como una rara excepción. China Montaña Zhang se ha operado para acentuar sus rasgos orientales en unos Estados Unidos dominados por la nueva hiperpotencia, China, que se le ofrece como una gran oportunidad laboral y vital reservada sólo para los chinos puros. La novela es un sincero alegato contra la homofobia y la represión racial e ideológica que merece la pena leer.


Los juegos del hambre


Apenas se habla de la novela juvenil como herramienta de reflexión política, aunque hay ejemplos muy interesantes, como Graceling, de Kristin Cashore, Los ojos de un rey, de Catherine Banner, y la novela que nos ocupa, la más satisfactoria de las tres. En un futuro postapocalíptico, los Estados Unidos son un conglomerado de doce distritos, controlados desde el Capitolio, y cuyo único nexo de unión son los Juegos del Hambre, una especie de reality show consistente en que 24 jóvenes (dos por cada distrito) se batirán en un duelo a muerte en el que todo vale. La metáfora acerca del poder manipulador y alienante que ejerce el poder a través de los medios de comunicación es evidente.



El último ser humano


La escritora Margaret Atwood, por medio de una distopía futurista, hace un análisis crítico del uso de la ingenería genética con fines comerciales, y de la polarización de las clases sociales. En esta obra se nos narra la historia de Jimmy, el último ser humano en la tierra, autodenominado Hombre de las nieves, ya que el resto de seres son las consecuencias de cruces por medio de la manipulación genética entre animales y humanos. Por medio de flashbacks descubriremos la relación de Jimmy con su amigo Crake y la fascinante Oryx, siendo estos últimos los causantes de estos nuevos seres humanos. Una obra que no dejará a nadie indiferente, que te atrapa por su lirismo pero que a la vez sacude la conciencia, reflexionando sobre la condición humana, la ciencia y su poder transformador corrompidos por el mercantilismo salvaje.



Cazadores de luz


La obra se desarrolla en un futuro no muy lejano donde las diferencias sociales están llegando a su máxima expresión, con una sociedad estratificada hasta límites insospechados en la que el nivel social de cada persona se ve reflejado por la primera letra de su apellido: cuanto más lejano de la Z y más cercano a la A mejor será su posición. El capitalismo ha impregnado todas las facetas de nuestra vida. Cada persona se ha convertido en vendedor y comprador y todo son transacciones, incluidas las relaciones de pareja. En este escenario veremos la caída social y viaje interior del protagonista, MallicK, el cual nos mostrará el sin sentido de una sociedad dirigida por el capitalismo feroz.


Degradación ambiental y humana


John Burner hace una extrapolación de todos los desmanes que el hombre está haciendo al medio ambiente, y nos presenta un futuro donde todas las posibles consecuencias de este ataque al ecosistema se hacen realidad. Por ello la mortalidad se dispara, sobre todo entre los más pequeños, la mayor parte de la gente se ha quedado esteril, todo está contaminado. En esta obra coral se nos irá mostrando como la degradación ambiental va de la mano de la degradación humana. Burner consigue esta gran obra denuncia sin caer en el panfleto. Por lo que, por un lado, es uno de los mayores alegatos ecologistas de la literatura prospectiva, y por otro una de las distopías más redondas del siglo pasado.


El eternauta (1957). Buenos Aires vive una mortífera invasión alienígena. Juan Salvo, su familia y amigos tratan de combatir a un enemigo inalcanzable. ¿Metáfora del imperialismo? ¿Premonición de la dictadura? Imposible preguntar a su guionista, Oesterheld, desaparecido en 1977.


1984. Hace 60 años, en una Europa desangrada y en plena Guerra Fría, George Orwell publicaba esta fábula acerca de un mundo inquietantemente parecido al nuestro. Orwell mezcló ciencia-ficción y crítica política para lograr una irónica profecía sobre un futuro vigilante y opresor.


"1) Un robot no debe dañar a un ser humano. 2) Debe obedecer las órdenes que le son dadas por un humano, excepto si entran en conflicto con la primera Ley. 3) Debe proteger su existencia, hasta donde no entre en conflicto con la 1ª o 2ª Ley". Isaac Asimov (1942), Leyes de la robótica.



Fuentes: Diagonal / nodo50 / Arte en la Red

 

4 al 10 de marzo, 2010, no.87


Este sábado 6 de marzo a las 6:30pm, ReLectura llevará a cabo el Conversatorio titulado Ciencia Ficción: Conquistas, Vértigo y Redes en el Centro Cultural Chacao (direcciones >>), con entrada libre.

El encuentro contará con la participación de Joaquín Ortega, José Urriola y Amílcar Ortega, quienes rastrearán los enfoques y las razones por las cuales la ciencia ficción ha servido como herramienta para entender la historia, las contradicciones sociales y los cambios culturales del siglo XX e inicios del XXI.


En esta ocasión, presentamos una selección de reflexiones publicadas en el periódico Diagonal, sobre el papel de este género literario en lo social, incluyendo una introducción a los futuros imaginarios de algunas/os autores claves.



Ciencia Ficción y cambio social


Es obvio que la literatura no cambiará el mundo; el mundo lo cambian las personas. Pero las personas pueden ser lectoras; y en los libros se transmiten ideas. Y las ideas pueden conseguir movilizar a las personas a base de ofrecer nuevas miradas, plantearles nuevos horizontes o, sencilla y complejamente, sugerir.



PESADILLAS DE CIENCIA FICCIÓN

Por: Alberto García-Teresa y Luis Demano


La ciencia ficción puede contribuir a esa nueva mirada desde el momento en que trabaja con mundos posibles. En la ciencia ficción, la utopía es posible; cualquier cosa es posible. Y el simple hecho de mostrar su posibilidad otorga una perspectiva de realidad –mental– que llega a ser ilusionante: puede ser cierto. En un mundo, el nuestro, donde la caída del Muro de Berlín trajo consigo la Teoría del Fin de la Historia y la fe en que el capitalismo globalizado es “el mejor de los mundos”, el simple hecho de plantear, en principio sólo de manera retórica, aunque plasmado plásticamente, otras posibilidades, de ofrecer a las mentes de los lectores (amputar el pensamiento es abortar la acción; enriquecerlo es fomentar caminos para llevarla a cabo) la sugestión de que existen otras muchas maneras de organizar la sociedad y de relacionarnos entre nosotros es ya un ejercicio de estímulo a la reflexión, a plantearse si se está de acuerdo o no con lo que nos rodea.


Afirmar que la literatura, que cualquier manifestación artística, está exenta de ideología, es como aseverar que sus autores no están insertados en una sociedad. Su forma de relacionarse, de entender el mundo, de estructurarlo a él y a la sociedad, de posicionarse frente a cualquier acto humano (incluida la pasividad o la indiferencia como respuesta) es una manifestación política que se extiende a sus acciones. Y la escritura, ejercicio intelectual, no va a ser menos. Y la ciencia ficción, ejercicio especialmente intelectual por cuanto de desarrollo imaginativo y especulativo posee, mucho más.



Estímulo y participación


Cuando se opta –entre su plurifuncionalidad– por una función transformadora del arte (función que debe ser la básica en un momento histórico lleno de injusticia, sufrimiento innecesario y desigualdad), la literatura tiene en su mano la oportunidad de poder arrojar preguntas. No de dar respuestas, sino de estimular para que el lector sea un receptor partícipe y activo, que deba implicarse, tomar decisiones... Pensar y hablar con su propia voz, en definitiva. En ese sentido, la ciencia ficción es un mecanismo inigualable para plantear preguntas que no podrían ser formuladas de otra manera (al no limitarse a tiempos y mundos ya existentes). Los panoramas especulativos que plasma el género son universos repletos de ellas: ¿Cómo funcionará una sociedad con tales principios? ¿Qué pasaría si…? ¿Cómo sería la vida en estas condiciones? Son laboratorios de ideas, pues permiten poner en práctica (aunque sólo de manera ficcional) juicios teóricos con gran flexibilidad. Por parte del escritor, la búsqueda del principio de verosimilitud aristotélico, pilar de toda narración de ciencia ficción, y de coherencia interna del mundo ficcional provocan un importante ejercicio intelectual en el autor para darles vida y consistencia a tales ideas. De este modo, obliga a una necesaria y profunda reflexión, un replanteamiento continuo del sentido. Para el lector, sumergirse en ese nuevo universo le permite observar su mundo y sus posibilidades con una dislocación espléndida para poder ganar distancia y perspectiva y, de este modo, analizar su realidad con detenimiento.



Ideologías subyacentes


El mayoritario uso conservador que se ha dado a esta herramienta (aunque no es la parte que más ha trascendido el género), en temas, iconos, símbolos y enfoques, no invalida en absoluto sus capacidades. De hecho, es muy significativo que los primeros autores de ciencia ficción la utilizaran para mostrar otros mundos posibles (utopías socialistas, básicamente), con la transformación social como horizonte. Hay autores suficientes como ejemplos para caminar con esa perspectiva sin tener que partir de cero. Sólo hace falta voluntad, autocrítica y reflexión para evitar la reproducción automática e inconsciente de elementos reaccionarios asimilados en la tradición de la ciencia ficción.




La distopía, con su carácter de hiperbolización de los asuntos socioeconómicos y políticos del presente más negativos para el autor, con su proyección desde el “si esto sigue así…”, es una herramienta importantísima para arrojar luz sobre los claroscuros de nuestros días. De hecho, es el subgénero de la ciencia ficción que más aceptación y difusión ha tenido (1984, de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, Farenheit 451, de Ray Bradbury) y el que mayor atención ha conseguido del público no especializado (hasta el punto de perder la etiqueta de “ciencia ficción”). La renuncia a ella, que puede palparse en buena parte de los escritores y lectores del género en la actualidad, es sólo una muestra del conformismo imperante. Pero su fuerza sigue estando vigente, y sus características no han dejado de poseer una potencia única, como demuestran brillantes distopías recientes (Jennifer Gobierno, de Max Barry, Oryx y Crake, de Margaret Atwood), más aún en un mundo de desinformación por sobreinformación, de ceguera por exceso de focos.



Por otra parte, la necesidad de autoexigencia estética es un componente intrínseco a la creación literaria. Reducirse a ella es una opción válida (por más que éticamente insuficiente), pero se debe ser consecuente con lo que se renuncia con ello, con lo que se está dejando de lado. Afirmar, por tanto, que son incompatibles la voluntad de transformación y la búsqueda de belleza estética es una forma burda y torpe de tratar de desprestigiar la primera. Las novelas críticas que son malas lo son porque son deficientes técnicamente, pobres estéticamente, pero no por el mero hecho de ser críticas. Los desposeídos o La mano izquierda de la oscuridad, ambas de Ursula K. Le Guin, Todos sobre Zanzíbar, de John Brunner, Limbo, de Bernard Wolfe, demuestran que se puede lograr un artefacto artístico impecable, incluso con riesgo en el plano formal, que contenga una fuerte carga disidente y de posibilidad de cambio. Frente a la resignación actual, la desolación y la desilusión, frente a la homogeneización, la ciencia ficción muestra caminos, alternativas, posibilidades sobre las que sus lectores, tornándose en integrantes activos de una comunidad, pueden reflexionar y utilizar como pistas de despegue en la consecución de una sociedad distinta; justa, igualitaria y cooperativa.







Más información: Lea el ensayo

¿Qué es la ciencia ficción? Teoría del género  aquí >>

 

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