Mario Bellatin de padres peruanos nació en México (DF 1960). Realizó sus estudios en guión cinematográfico en la Escuela de Cine de Cuba y luego se trasladó a Perú, donde dio a conocer su obra literaria. Más tarde vuelve a fijar su residencia en la ciudad de México, donde actualmente es director de la Escuela Dinámica de Escritores; es autor de numerosos libros y su obra ha sido traducida al inglés, alemán y francés.

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Primera década del siglo XXI =

Primera década de la humanidad


Mario Bellatin

La acción más poderosa de la que fui testigo durante el inicio de este nueva década fue el intento de curación de una niña paralítica por parte de un xoloitzcuintle. Nos encontrábamos en las profundidades de la selva de Loxicha – un lugar curiosamente de fácil acceso, a nueve horas de la capital- adonde había llegado en un Chevy negro acompañado de dos amigos y cinco perros. La sensación inicial fue la de encontrarme tan cerca y tan lejos en forma simultánea. Los tiempos paralelos que solemos experimentar en lugares como México parecían desplegarse allí en toda su plenitud. Como siempre, las leyes espacio-temporales estaban confundidas dentro de una sutileza tal que muchas veces pasa inadvertida para los que frecuentan esta realidad. Otra vez bastaba descolocarse mínimamente de determinado punto para situarse de pronto en un lugar cronológico y espacial del que no se tenía la menor idea de su existencia.

En cierto momento, habían pasado cerca dos días de nuestra llegada, desde muy temprano en la mañana comenzaron a formar una larga fila, frente a la cabaña donde dormíamos, una serie de desvalidos que pedían cita con los dueños de los xoloitzcuintles –habíamos llevado dos-, para que sirvieran como vehículo de curación de sus males, de los físicos y de los que causan la existencia. No en vano, dijo alguno, esos animales habían sido adorados desde que se tenía memoria.

No supimos qué hacer ante semejante pedido.
Preguntamos las razones por las que no recurrían a otras instancias para resolver sus problemas. Nos contestaron que no existían las instituciones a las que nos referíamos. En aquella selva no había hospitales, médicos ni iglesias. Eso sí, había un cementerio, donde cada año se realizaba el ritual de cavado de las tumbas para acomodar los cuerpos muertos y así hacer más cómoda la travesía que estaban experimentando.

Cuando ya no quedaban rezagos de piel ni de órganos, sino que la calavera mostraba únicamente los huesos de color blanco marfil, se los llevaban a sus casas, donde en los patios existía una suerte de árbol genealógico palpable que, aseguraban los pobladores, servía de protección a los habitantes que seguían con vida. Aunque decir vida a lo que vimos transcurrir en la casa donde nos alojábamos puede ser mucho decir. Aparte del lugar reservado para las calaveras –la cabaña donde pernoctábamos formaba parte de la casa mayor- existía una suerte de refugio para los miembros de la familia que habían sufrido algún tipo de desamparo. Era el lugar donde buena parte del día permanecían las solteronas, las viudas, los primos con alguna tara mental, los enfermos crónicos y los miembros homosexuales de la familia. Sé que puedo ser tomado como un egoísta, como un malvado o como alguien políticamente incorrecto, pero en ese momento me hizo feliz que las cosas fueran de esa manera. Que los pobladores adoraran a ciertos perros –a los demás los trataban y mataban de manera salvaje-, que desenterraran de cuando en cuando a los muertos, que los miembros diferentes de las familias llevaran adelante una suerte de subexistencia. Recordé entonces un sueño que había experimentado durante los primeros meses en los que me sometí a un análisis psicológico. La imagen se presentó desde un comienzo como totalmente irreal. Un muchacho desconocido, joven, moreno, de anteojos, estaba trabajando sobre una gran extensión de plástico que flotaba en altamar. Vestía con los atuendos habituales de un investigador de gira por África. El material que flotaba en el agua era una suerte de hule algo transparente. Se podía caminar cómodamente encima y el mar mojaba sólo sus bordes.

Ese joven me explicó, yo descubro que estoy
sentado en un banco de madera colocado en la mitad exacta del hule, que estaba trabajando con una especie de ave desconocida para el mundo. El muchacho me muestra un ejemplar. Afirma que se trata de uno de los pocos que se mantienen con vida. Veo el ave y noto que el muchacho la levanta y busca algo debajo de las alas. Noto que el pájaro posee plumas celestes y blancas. Se trata de un ave de cuerpo voluminoso. No es un animal volador. El pico es rosa llegando casi al rojo. Mientras el ave camina, el muchacho me cuenta que se trata del ave que guarda sus huevos debajo del ala. Me informa también que nos encontramos en el mar de Venezuela. Añade que el pájaro va empollando los huevos mientras camina. El ave, en tanto el muchacho continúa con su disertación, se refugia en un borde de esa gran hule desplegado que parece servirle de guarida.
El muchacho continúa diciendo que a pesar de ser un ave única en el mundo, los investigadores no le prestan la debida atención. Es más, ni siquiera los comerciantes la ofrecen en venta. Finalmente dice que su mayor desgracia son los dientes, que los tiene muy grandes. Añade que sufren mucho cuando a cierta edad las caries comienzan a presentarse. Sufren tanto que incluso puede sobrevenirles la muerte. El investigador reflexiona en que debería haber personas que se preocuparan por los dientes de las aves. Desde el banco donde me encuentro sentado le contestó que hay ya demasiadas cosas por las cuales preocuparse. Me veo a mí mismo contándole de las penurias que sufro por concentrarme en el mantenimiento de mi coche negro, de los perros xoloitzcuintles, de los de otras razas. La angustia que me causa efectuar viajes que deseo no sean peligrosos. Le informo incluso que eso no es nada comparado a la angustia que deben sentir las personas que buscan la curación en un perro o que desean mantener el árbol genealógico en el patio de su casa. La inquietud que tal vez experimenten los que son relegados por sus familias a ser una suerte de especies inferiores. Los viajes a la selva, la falta de hospitales, el descuido en el que acostumbran encontrarse los dientes de las aves, la obsesión por vivir todos lo tiempos al mismo tiempo. Tener la absurda certeza de que la segunda década del siglo XXI será la primera década de la humanidad, es casi tan extravagante como sentirse sentado sobre
un gran hule que flota sobre los mares de Venezuela.

Experimenté en carne propia, en aquel instante, una verdad obvia: que el avance es ilusorio. Que nos trasladamos dentro de un círculo, en realidades alternas donde todo, un presente, un pasado y un futuro está conectado de manera tangible. Lo que pueden cambiar son determinados tonos. Ciertos colores que, como vemos en estos proyectos destinados a la segunda década de un supuesto tercer siglo, nos sirven únicamente como punto de referencia, como un espejo para atisbar con qué cara amanecimos hoy. Por cierto, cuando a mi regreso a la ciudad conté la anécdota de los perros alguien preguntó si efectivamente los xoloitzcuintles habían curado a la niña paralítica que se encontraba esperando su turno en la cola.



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Fuente: salonkritik

 

11 al 17 de marzo, 2010, no.88

semanario  cultural  de  caracas

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