Charles Avery, obra en la trienal del Tate



La repolitización del arte

en un texto agudo y provocador


Fragmentos del prólogo del libro Estética relacional de Nicolas Bourriaud



¿De dónde provienen los malentendidos que rodean el arte de los años ’90 sino de una ausencia de discurso teórico? La mayor parte de los críticos y filósofos se niegan a pensar las prácticas contemporáneas en su totalidad, que permanecen entonces ilegibles, ya que no se puede percibir su originalidad y su pertinencia si se las analiza a partir de problemas ya planteados o resueltos por las generaciones precedentes. Hay que aceptar el hecho, tan doloroso, de que ciertos problemas ya no se planteen y tratar entonces de descubrir aquello que los artistas sí se plantean hoy: ¿cuáles son las apuestas reales del arte contemporáneo, sus relaciones con la sociedad, con la historia, con la cultura? La primera tarea del crítico consiste en reconstituir el juego complejo de los problemas que enfrenta una época particular y examinar sus diferentes respuestas. Muchas veces sólo se trata de hacer el inventario de las preocupaciones de ayer para lamentarse luego de no haber podido encontrar alguna solución. Y sin embargo el primer interrogante, en lo que concierne a estos nuevos enfoques, se refiere evidentemente a la forma material de la obra. ¿Cómo decodificar estas producciones aparentemente inasibles, ya sean procesales o comportamentales –en todos los casos “explotadas”, para los estándares tradicionales– sin esconderse detrás de la historia del arte de los años ’60?



(...) Hoy, la comunicación sepulta los contactos humanos en espacios controlados que suministran los lazos sociales como productos diferenciados. La actividad artística se esfuerza en efectuar modestas ramificaciones, abrir algún paso, poner en relación niveles de la realidad distanciados unos de otros. (...) Frente a los medios electrónicos, los parques de diversión, los lugares de esparcimiento, la proliferación de formatos compatibles de sociabilidad, nos encontramos pobres y desprovistos, como rata de laboratorio condenada para siempre a un mismo recorrido, en su jaula, entre pedazos de queso. El sujeto ideal de la sociedad de figurantes estaría entonces reducido a la condición de mero consumidor de tiempo y de espacio. Porque lo que no se puede comercializar está destinado a desaparecer. Pronto, las relaciones humanas no podrán existir fuera de estos espacios de comercio: nos vemos obligados a discutir sobre el precio de una bebida, como forma simbólica de las relaciones humanas contemporáneas. “¿Usted quiere calor humano y bienestar compartido? Venga y pruebe nuestro café...” Así entonces, el espacio de las relaciones más comunes es el más afectado por la cosificación general.



Simbolizada o reemplazada por mercancías, señalizada por logotipos, la relación humana se ve obligada a tomar formas extremas o clandestinas si pretende escapar al imperio de lo previsible: el lazo social se convirtió en un artefacto estandarizado. En un mundo regulado por la división del trabajo y la ultraespecialización, por el devenir-máquina y la ley de la rentabilidad, es importante para los gobernantes que las relaciones humanas estén canalizadas hacia las desembocaduras previstas y según ciertos principios simples, controlables y reproducibles. La “separación” suprema, aquella que afecta los canales relacionales, constituye el último estadio de la mutación hacia la “sociedad del espectáculo” tal como la describe Guy Debord. Una sociedad en la cual las relaciones humanas ya no son “vividas directamente” sino que se distancian en su representación “espectacular”. Es ahí donde se sitúa la problemática más candente del arte de hoy: ¿es aún posible generar relaciones con el mundo, en un campo práctico –la historia del arte– tradicionalmente abocada a su “representación”? (...) la realización artística aparece hoy como un terreno rico en experimentaciones sociales, como un espacio parcialmente preservado de la uniformidad de los comportamientos. Las obras sobre las que hablaremos aquí dibujan, cada una, una utopía de proximidad.



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Pierre Huyghe



Post producción de Nicolas Bourriaud, 2004


El diálogo que se da entre los artistas de una misma generación (de los ‘90 en adelante) y que trabajan en diferentes países pero en un mismo escenario que transciende las fronteras, es analizado por Nicolas Bourriaud en su libro "Post- producción, La cultura como escenario: modos en que el arte reprograma el mundo contemporáneo" (Adriana Hidalgo editora, Córdova 2004).


Para dicha tarea Bourriaud analiza las obras de artistas como Jeff Koons, Liam Gillick, Rirkrit Tiravanija, Pierre Huyghe, Dominique González-Foerster, John Armleder, entre otros. Bourriaud compara las técnicas artísticas contemporáneas con las un Dj o programador de música.


Según Bourriaud, dicho uso de las formas de la práctica del deejaying, se extiende a la práctica de los artistas desde los años '90 quienes “interpretan, reproducen, re exponen o utilizan obras realizadas por otros o productos culturales disponibles".


Ese arte, al que Bourriaud llama "arte de la post-producción", según él “responde a la multiplicación de la oferta cultural o a la inclusión dentro del mundo del arte de formas antes ignoradas o despreciadas”. Así las nociones de originalidad e incluso de creación se difuminan “en este nuevo paisaje cultural signados por las figuras gemelas del Dj y del programador, que tiene ambos la tarea de seleccionar objetos culturales e insertarlos dentro de contextos definidos”.


La claridad, la concisión y el lenguaje sencillo con el que Nicolas Bourriaud aborda un tema tan complejo, además de la acertada comparación entre las técnicas del último arte y el deejaying, son los elementos que hacen de este libro uno esencial para comprender mejor el arte contemporáneo y su relación con la sociedad de la informática y la sobre producción.



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Nicolas Bourriaud



Bourriaud es un invitado fiel del Seminario Teórico de la Bienal de la Habana; su obra más famosa es  su libro La Estética relacional, publicado en 1998 y traducido al castellano en 2007, en el cual plantea un nuevo paradigma artístico. En su último libro, Post - producción, La cultura como escenario: modos en que el arte reprograma el mundo contemporáneo, Bourriaud propone las similitudes entre la práctica artística contemporánea y la del Dj.


Línea de control, Subodh Gupta

(obra hecha con utensilios de cocina)


El proyecto actual del teórico francés Nicolás Bourriaud es la trienal de la institución londinense del Museo Tate, donde propone que: “ya no estamos en una sociedad moderna, ni siquiera en una sociedad posmoderna, ahora se llama "sociedad altermoderna". Afirma que los artistas no son productos de culturas específicas, sino de una realidad cultural globalizada, basada en intercambios, en la traducción, en la yuxtaposición del tiempo y del espacio dentro de un mundo multidimensional. 


Desde el año 2000, y cada tres años, como su propio nombre indica, la galería Británica Tate es sede de la Trienal, un certamen que pretende convertirse en el líder de los progresos alcanzados en el mundo del arte contemporáneo. Nicolás Bourriaud es el curador de esta cuarta edición.



Bourriaud no es nuevo en esto de los festivales internaciones ya que ha curado con anterioridad la bienal de Moscú y la de Lyon. En esta ocasión, ha querido romper con la hegemonía británica que caracterizaba el certamen, convirtiéndolo en un evento internacional que refleja la realidad londinense, que es al fin y al cabo mucho más multicultural que estrictamente inglesa. Se presentan los últimos trabajos de 28 artistas internacionales, nacidos entre 1960 y 1980, y que exploran dentro de una gran diversidad de medios: escultura, dibujo, vídeo arte, fotografía, instalación etc.


Giantbum, Nathaniel Mellors



Otra modernidad


Altermodern, es mucho más que una trienal. Este término, propuesto por Bourriaud, pretende hacer historia. Describe un nuevo giro en el arte, sugiere que el período histórico definido como postmodernidad está llegando a su fin y que, del mismo modo que ésta se abrió paso con la crisis del petróleo de 1973, Otra Modernidad se ve simbolizada por la crisis financiera global, que pone fin a esta era de superabundancia.


24 Hours Psycho, Douglas Gordon


En definitiva, propone una forma de modernismo del siglo XXI. Desde los años noventa, se arrastra la idea postmoderna del arte surgida en los setenta, algo que se hace patente en muchas de las obras contemporáneas, que de alguna manera guardan un sabor anacrónico. Bourriaud pretende guiar la búsqueda hacia esa nueva modernidad para que se adapte al momento actual, reconfigurada para la era de la globalización, entendiendo sus aspectos económicos, políticos y culturales.





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Fuentes: hoy es arte, the guardian, página 12, post-data-post

 

26 de marzo al 1 de abril, 2009, no.38

semanario  cultural  de  caracas

corneta