
La repolitización del arte
en un texto agudo y provocador
Fragmentos del prólogo del libro Estética relacional de Nicolas Bourriaud
¿De dónde provienen los malentendidos que rodean el arte de los años ’90 sino de una ausencia de discurso teórico? La mayor parte de los críticos y filósofos se niegan a pensar las prácticas contemporáneas en su totalidad, que permanecen entonces ilegibles, ya que no se puede percibir su originalidad y su pertinencia si se las analiza a partir de problemas ya planteados o resueltos por las generaciones precedentes. Hay que aceptar el hecho, tan doloroso, de que ciertos problemas ya no se planteen y tratar entonces de descubrir aquello que los artistas sí se plantean hoy: ¿cuáles son las apuestas reales del arte contemporáneo, sus relaciones con la sociedad, con la historia, con la cultura? La primera tarea del crítico consiste en reconstituir el juego complejo de los problemas que enfrenta una época particular y examinar sus diferentes respuestas. Muchas veces sólo se trata de hacer el inventario de las preocupaciones de ayer para lamentarse luego de no haber podido encontrar alguna solución. Y sin embargo el primer interrogante, en lo que concierne a estos nuevos enfoques, se refiere evidentemente a la forma material de la obra. ¿Cómo decodificar estas producciones aparentemente inasibles, ya sean procesales o comportamentales –en todos los casos “explotadas”, para los estándares tradicionales– sin esconderse detrás de la historia del arte de los años ’60?
(...) Hoy, la comunicación sepulta los contactos humanos en espacios controlados que suministran los lazos sociales como productos diferenciados. La actividad artística se esfuerza en efectuar modestas ramificaciones, abrir algún paso, poner en relación niveles de la realidad distanciados unos de otros. (...) Frente a los medios electrónicos, los parques de diversión, los lugares de esparcimiento, la proliferación de formatos compatibles de sociabilidad, nos encontramos pobres y desprovistos, como rata de laboratorio condenada para siempre a un mismo recorrido, en su jaula, entre pedazos de queso. El sujeto ideal de la sociedad de figurantes estaría entonces reducido a la condición de mero consumidor de tiempo y de espacio. Porque lo que no se puede comercializar está destinado a desaparecer. Pronto, las relaciones humanas no podrán existir fuera de estos espacios de comercio: nos vemos obligados a discutir sobre el precio de una bebida, como forma simbólica de las relaciones humanas contemporáneas. “¿Usted quiere calor humano y bienestar compartido? Venga y pruebe nuestro café...” Así entonces, el espacio de las relaciones más comunes es el más afectado por la cosificación general.
Simbolizada o reemplazada por mercancías, señalizada por logotipos, la relación humana se ve obligada a tomar formas extremas o clandestinas si pretende escapar al imperio de lo previsible: el lazo social se convirtió en un artefacto estandarizado. En un mundo regulado por la división del trabajo y la ultraespecialización, por el devenir-máquina y la ley de la rentabilidad, es importante para los gobernantes que las relaciones humanas estén canalizadas hacia las desembocaduras previstas y según ciertos principios simples, controlables y reproducibles. La “separación” suprema, aquella que afecta los canales relacionales, constituye el último estadio de la mutación hacia la “sociedad del espectáculo” tal como la describe Guy Debord. Una sociedad en la cual las relaciones humanas ya no son “vividas directamente” sino que se distancian en su representación “espectacular”. Es ahí donde se sitúa la problemática más candente del arte de hoy: ¿es aún posible generar relaciones con el mundo, en un campo práctico –la historia del arte– tradicionalmente abocada a su “representación”? (...) la realización artística aparece hoy como un terreno rico en experimentaciones sociales, como un espacio parcialmente preservado de la uniformidad de los comportamientos. Las obras sobre las que hablaremos aquí dibujan, cada una, una utopía de proximidad.
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Post producción de Nicolas Bourriaud, 2004
El diálogo que se da entre los artistas de una misma generación (de los ‘90 en adelante) y que trabajan en diferentes países pero en un mismo escenario que transciende las fronteras, es analizado por Nicolas Bourriaud en su libro "Post- producción, La cultura como escenario: modos en que el arte reprograma el mundo contemporáneo" (Adriana Hidalgo editora, Córdova 2004).
Para dicha tarea Bourriaud analiza las obras de artistas como Jeff Koons, Liam Gillick, Rirkrit Tiravanija, Pierre Huyghe, Dominique González-Foerster, John Armleder, entre otros. Bourriaud compara las técnicas artísticas contemporáneas con las un Dj o programador de música.
Según Bourriaud, dicho uso de las formas de la práctica del deejaying, se extiende a la práctica de los artistas desde los años '90 quienes “interpretan, reproducen, re exponen o utilizan obras realizadas por otros o productos culturales disponibles".
Ese arte, al que Bourriaud llama "arte de la post-producción", según él “responde a la multiplicación de la oferta cultural o a la inclusión dentro del mundo del arte de formas antes ignoradas o despreciadas”. Así las nociones de originalidad e incluso de creación se difuminan “en este nuevo paisaje cultural signados por las figuras gemelas del Dj y del programador, que tiene ambos la tarea de seleccionar objetos culturales e insertarlos dentro de contextos definidos”.
La claridad, la concisión y el lenguaje sencillo con el que Nicolas Bourriaud aborda un tema tan complejo, además de la acertada comparación entre las técnicas del último arte y el deejaying, son los elementos que hacen de este libro uno esencial para comprender mejor el arte contemporáneo y su relación con la sociedad de la informática y la sobre producción.





